La extrema fragilidad de la paz

Por Daniel Salinas Basave

A veces parece que contra viento y marea el hombre ha ido logrando conjurar a los jinetes del Apocalipsis. Si bien, nunca quedarán extintos y su sombra será omnipresente, es un hecho que el hambre, la guerra y la peste no son en este momento de la historia tan letales como han llegado a serlo en el pasado. Aunque siguen cobrando miles de vidas anualmente, no se puede decir que funjan como periódicas purgas de la población mundial como ocurría hasta hace no mucho en casi todo el planeta.

Dejemos a la peste y al hambre para las siguientes semanas y hablemos hoy de la guerra. La historia dice que nunca antes la humanidad había alcanzado una paz tan duradera como la vivida actualmente. Con la excepción de la guerra de los Balcanes en los noventa y algunos conflictos fugaces como el de Ucrania, Europa no ha vuelto a vivir un enfrentamiento bélico desde que en 1945 concluyó la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de los países europeos han podido sumar casi tres cuartas partes de un siglo sin que la guerra los perturbe e incluso en África y en Asia los frentes de batalla están muy focalizados y no se puede hablar en ningún caso de una debacle continental.

¿Podrá llegar la humanidad a conjurar para siempre el fantasma de la guerra? Es un viejo anhelo pacifista pero la verdad parece muy improbable. El antecedente más inmediato de una paz duradera ocurrió en la Belle Epoque, en los años previos a la Gran Guerra de 1914, cuando el positivismo de Auguste Comte proclamó el arribo de la humanidad a una era de progreso en donde la guerra iría quedando paulatinamente en el olvido.

Hoy las paradojas son enormes. La posibilidad de un conflicto a gran escala entre países europeos o americanos parece casi descartada, pero en el mundo existen seres como Donald Trump y Kim Jong que en un mal día pueden llevar al mundo a un holocausto nuclear. Cierto, hoy no podemos siquiera imaginar las trincheras que hace cien años cubrían Europa, pero a cambio podemos morir cualquier día en una Rambla si a un fanático de Estado Islámico le da por atropellar gente.

En México no ha estallado la tan cacareada nueva revolución armada que algunos pregonan, pero aunque oficialmente no hay una guerra civil, el crimen organizado y desorganizado mata más gente que nunca. Tal vez no veremos a la caballería de la División del Norte desangrarse en un combate contra las fuerzas huertistas que arroje un saldo de 10 mil bajas, pero lo cierto es que no hay día en que no haya muertos en las calles de Tijuana y nuestras cifras anuales de homicidios son propias de un país inmerso en un conflicto bélico. En una era que coquetea con la inteligencia artificial y la prolongación indefinida de la vida, hay todavía millones de seres humanos que se matan entre ellos. Los negocios ilícitos y las guerras religiosas siguen cobrando miles de víctimas. Hay una pulsión depredadora y un resabio salvaje que el hombre del Siglo XXI no puede dejar atrás.