La extraordinaria historia de Kingo Nonaka

Por Daniel Salinas Basave

En las calles de Tijuana habitan mil y un historias extraordinarias, pero confieso que hacía mucho tiempo no escuchaba un relato tan fascinante como el que me narró Genaro Nonaka García, con quien me reuní hace unos días para que me platicara la historia de su padre.

 

Kingo Nonaka nació el 2 de diciembre de 1889 en la prefectura de Fukukoa en Japón y en 1906, siendo un adolescente de 16 años, ya viajaba a bordo de un barco que lo llevó hasta el Puerto de Salina Cruz en Oaxaca.

El joven inmigrante japonés deseaba probar fortuna en los cultivos de café en Chiapas pero las carencias y los caprichos de la aleatoriedad lo llevaron a un peregrinaje de proporciones bíblicas hasta Ciudad Juárez.

Caminando a un lado de las vías del tren y sin un peso en la bolsa, el joven Nonaka recorrió a pie los más de 3 mil kilómetros que separan el sur oaxaqueño de la frontera chihuahuense. Una caritativa mujer llamada Bibiana Calderón lo encontró hambriento en las calles de Ciudad Juárez y lo llevó a vivir a su casa.

El adolescente fue bautizado en el ritual católico con el nombre de José Genaro y empleado en el comercio de la familia Calderón en donde lo sorprendió la Revolución Mexicana. Las turbulencias de la época lo llevaron a emplearse como enfermero en el Hospital Civil de Ciudad Juárez en donde atendió a no pocos sobrevivientes de los campos de batalla. La noche del 6 de marzo de 1911,  Nonaka fue llamado de urgencia para atender a un herido de bala que sangraba profusamente de un brazo.

El joven enfermero logró detener la hemorragia y salvar la extremidad herida pero solo hasta el día siguiente se enteró que su paciente se llamaba Francisco I. Madero, quien había resultado herido en la batalla de Casas Grandes.

Nonaka estuvo presente en la toma de Ciudad Juárez en mayo de 1911, batalla que significaría el golpe definitivo que acabó por derrumbar la dictadura de Porfirio Díaz. Posteriormente, tras el derrocamiento de Madero y la usurpación de Victoriano Huerta en febrero de 1913, Nonaka se unió a la División del Norte donde fue comisionado por el propio Francisco Villa para conformar un servicio sanitario que llegó a ser considerado el mejor de su época. A bordo de su carro ambulancia en donde atendía a los villistas heridos, Nonaka estuvo presente en las principales batallas de los Dorados.

En verano de 1915,  Kingo Nonaka fue el encargado de buscar y sacar el cadáver del sanguinario Rodolfo Fierro, quien yacía ahogado en el fondo de una laguna.

En 1923  Nonaka emigró a Tijuana en donde probó fortuna como fotógrafo. No solamente creó el primer laboratorio de revelado en la ciudad, sino que fue el primero en retratar la vida cotidiana de los tijuanenses más allá de los escenarios turísticos. Las miles de fotografías que entre 1923 y 1942  tomó con su cámara Graflex, narran la historia de una naciente ciudad y ha  sido un gran acierto de Gabriel Rivera, director del Archivo Histórico, rescatar ese acervo para todos nosotros.

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