La esperanza

Por José A. Ciccone 

A partir de un hermoso y emotivo vídeo que me hizo llegar mi querida hija, donde en el mismísimo salón de recepción del Papa Francisco en el Vaticano, un grupo de gente Argentina, delante del Santo Padre, comenzaron a cantar con marcada unción, ‘Zamba de mi esperanza’, canción folklórica del autor mendocino Luis Profili, con la convicción de que esa pieza musical lleva implícito un mensaje positivo y latente, me llamó a la reflexión este vocablo que tanto transmite al espíritu y alimenta corazones de manera constante, en cualquier circunstancia, en un amplio espectro etario y a través de los siglos.

Esperanza no es sólo la confianza en lograr algo, o que ocurra lo muy deseado, puede ser el fundamento u objeto de esa confianza o una virtud teologal en la doctrina cristiana, donde se espera que Dios conceda los bienes que ha prometido y relacionarlos a la esperanza de vida. Quizás sea la certeza de las cosas que no podemos ver y nos ubique en modo positivo, o simplemente alimentarse y vivir de esperanzas, que sería algo con poco fundamento de lo que se desea o pretende, pero que igual es válido para aquel que deposita fe en cada acto de la vida, dándole esperanzas a otros impulsándolos para la concreción de sus logros y en medio de tanto desconcierto mundial actual, porque no, esperar noticias más esperanzadoras, para el presente y futuro que vivimos a diario.     

Esperanza es la palabra que retumba siempre en el ser humano, no sólo porque muere al final, o porque mientras hay vida hay esperanza, o porque el verde es su color de identificación, sino porque algunos la perdieron, otros la siguen alentando, muchos nos apoyamos en ella y otros la usan con aviesas intenciones, para lograr objetivos políticos.

Recuerdo vivamente la canción del compositor argentino Diego Torres, que además de haber sido un hit, invocaba la esperanza como camino de paz y que fue empleada en campañas proselitistas para ganar votos populares u otros fines comerciales, digamos, de interés general.  

La cuestión es que esta palabra, nos acompaña siempre, porque sin su presencia mágica, la vida no tendría el mismo sentido al invocarla o pronunciarla, cuando ésta se hace presente, por ejemplo, ayuda al enfermo, renovando la esperanza, en una cura cercana, fertiliza las relaciones religiosas porque vigoriza sus creencias y renueva la fe con la esperanza que los demás se unan a las causas nobles, alienta al alicaído, fortifica al descreído, entusiasma al que ve que las cosas no cambian como él quisiera y al nombrarla, o pensar en ella, sigue en pie lo deseado y se continúa en esa ruta volitiva.

Muchas veces me he preguntado, cuál es la verdadera fuerza de aquella esperanza renovada en continuado, que conservan los que perdieron seres queridos desaparecidos, o hijos que ya no regresan, ni se pueden ver o ubicar, sin que haya alguna explicación lógica para este hecho. Vivir con esa palabra en la boca, que crea paz interior, que nos ayuda a creer todavía, a pesar de vivir cotidianamente lo contrario a nuestros deseos.

Esperanza de un cambio en la justicia, auténtico y ejemplar en su aplicación para aquellas mujeres que siguen viendo ultrajadas sus vidas, en que alguien del género, en su familia, padeció de cerca alguna demostración de violencia que con el tiempo quedó impune. Esperanza de una mejor vida en las clases más pobres, más golpeadas de nuestra sociedad, donde corren lo años -transformados en siglos-, sin que sus generaciones pasadas y venideras puedan salir adelante con dignidad, sueldos bien remunerados acorde a sus esfuerzos y conocimientos en las áreas que dominan, atención médica adecuada y la posibilidad de una tarea personal reconocida, sin que ningún gobierno tenga que asistirlos con dinero, sino brindarle servicios, que es su obligación.

Hay otra esperanza que tiene que ver con el reencuentro de algún familiar querido o un entrañable amigo que no abrazamos en persona desde hace años y el sólo hecho de poder volverlo a ver, nos hace renacer la esperanza de que ese deseo se concrete pronto.

Bendita palabra, tenemos que conservarla muy cerca nuestro, para que nos sirva de auxilio permanente, alivio para el corazón y muleta de apoyo para la cojera del alma.