La espera

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Esperar es creer saber el tiempo, imaginar que viene, que llegará, que está en camino, creer que existe. Esperamos lo que no hay en el presente, eso que no observamos, no tocamos y quizá en el ahora no es, pero esperamos.

Los segundos corren igual, los latidos del corazón sin prisa, los días también, al igual que los años y seguimos esperando como un hábito, como un cuarto tiempo, como una condición aprendida, como algo natural.

Todo se cae, las cortinas destrozadas por el sol, el farol del jardín destruido por la humedad, los libros devorados por la polilla, mientras alguien espera, algo perece y amanece, cae el sol y la oscuridad reina en su turno, al igual que el amor y las cosas de las caricias.

Las canciones se terminan, las sonrisas paran, los cuentos aburren, los rostros cambian, las habilidades se pierden mientras esperan; hay novedades y luego no, hay mucho y luego no, hay y luego ya no. Esperamos el autobús, esperamos el día de mañana, esperamos estar en lo correcto, esperamos ser felices, esperamos que así sea, esperamos que llegue, esperamos la llamada, esperamos ser adultos, esperamos el golpe, esperamos la caída, esperamos el olvido, y así esperamos infinitamente.

Esperamos en arrogancia porque juramos que viviremos ese segundo extra, ese tiempo que nos prometemos nosotros mismos, como una extensión firmada y expedida desde nuestra propia oficina e instalación.

Esperamos en esperanza porque sabemos que algo llegará y casi siempre así será hasta el día que ya no. Esperamos porque no nos sacia lo que hay y lo que es, lo que somos y existe. Nos enseñan la expectativa y también lo somos, fuimos semilla, ahora humanos, pensantes, con ideas y mundos, por supuesto que vamos a esperar, ¡cómo no esperar menos de nosotros mismos!

Esperar ser, esperar excedernos, esperar sorprendernos. Fueron 9 meses registrados, algunos un tanto de menos a otros un poquito de más, esperando y alguien en nuestra espera, no sé si de allí se comienza todo o si fue del reloj de arena.

Tal vez algo del cerebro, el flujo de sangre, el compás de los pasos, las distancias, el ir, el llegar, la comodidad y sus agregados, pero uno no puede vivir en la punta del esfuerzo y la espera tiene también sus comodidades temporales. Por lo pronto hoy yo voy, me he cansado de esperar.