La era de la posverdad

Por Diego Partida

En 2016 el Oxford Dictionaries nombró palabra del año el término post-truth, o posverdad. La metodología utilizada para este nombramiento fue medir el incremento de su uso a través de diferentes fuentes comunicacionales durante la última década. A pesar de que el término fue acuñado hace casi 30 años en un ensayo que hablaba sobre las coberturas mediáticas a casos como el Watergate de Nixon o la Guerra del Golfo, su uso creció exponencialmente a partir de junio de 2016 y hasta el día de hoy.

El diccionario define a la posverdad como lo relativo a las circunstancias en las que los hechos y los datos son menos relevantes que las emociones y creencias personales al momento de generar opinión pública. El que esta palabra haya tomado auge en 2016 no fue coincidencia; este fue el año que sacudió la política moderna del mundo occidental: Reino Unido se disputó su permanencia en la Unión Europea, y Estados Unidos elegiría al republicano cuya candidatura muchos calificaban de risible.

En ambos casos antes mencionados, reinó la pasión sobre los hechos, los sentimientos por encima de los datos y las reacciones antes que las ideas. Los bloques de ambos ejemplos comenzaron a usar un arma que venía madurándose desde hace ya aproximadamente 15 años y que fungió un papel determinante, para bien y para mal: el Internet.

Se estima que durante la campaña de Trump, uno de cada tres enlaces que tanto conservadores como ultraconservadores compartían en Twitter con información denostando o difamando a Hilary Clinton pertenecían a una página de Internet falsa que difundía “Fake News”. Los asesores habían encontrado un nicho aparentemente perfecto para colocar esta información y generar agresiones y mermas a la imagen de sus opositores.

Para el BREXIT no fue diferente. Existen especialistas en todo el mundo que actualmente siguen estudiando a fondo el proceso, y quienes se preguntan si efectivamente el auge de las noticias falsas afectó la decisión que se tomó en el referéndum de 2016. Nos encontramos ante una nueva era de información en la que en apariencia transcendimos a ser una sociedad híper informada, pero en la que el fact checking es cada vez menos recurrente y probable.

El Internet, en su concepción, fue una herramienta que empujó el desarrollo tecnológico y científico. La llamada web 1.0 se utilizaba primordialmente para compartir investigaciones, ensayos y datos entre universidades y particulares interesados; sin embargo, en la transición al Internet con alta accesibilidad que ahora conocemos se ha diluido la calidad de la información. Cada día se disgrega más la ética informativa y la responsabilidad editorial entre los falsos practicantes.

La vida política en México se ha visto evidentemente afectada por este fenómeno; desde los ataques coordinados de bots en Twitter, la emergencia de páginas de noticias falsas en Facebook y los pautados dirigidos a audiencias definidas con el objetivo de difundir rumores, hechos falsos y calumnias en contra de personajes, partidos y actores políticos involucrados en los procesos.

Actualmente, existe un gran reto por parte de las autoridades, las empresas de información, los consorcios de Redes Sociales y la población en general para el combate de la desinformación, que es altamente tóxica para las democracias y funge un papel libertino y destructivo. La responsabilidad es compartida, y el bien es común; en la era de la posverdad urge que se privilegien los hechos, los datos y la crítica fundamentada en el debate de los asuntos públicos.

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