La época del microondas

Por Manuel Rodríguez Monárrez

manyrodriguez@live.com.mx

Twitter:@Tijuanagreen

Hace sólo unas pocas horas salí del quirófano  del hospital impresionado, conmovido.  Durante nueve meses hicimos el recorrido mi esposa y yo de ir preparando el  camino para la llegada de nuestra primera hija quien  lleva por nombre Andrea Victoria,  atendidos por un  excelente doctor, que más que  darnos simples recetas  fue una especie de guía que nos explicaba los detalles de  lo que veríamos en cada etapa del embarazo. La llegada  de Andrea fue tan majestuosa que encuentro una importante escasez de vocabulario para describir el momento,  después de una espera de más de tres de horas en los  pasillos del hospital el techo parecía achicarse en torno a  la cuna donde la colocaron, a través de observarla no puedo dejar de pensar en las grandes cosas de la naturaleza  que Dios ha creado y sentir como con cada vida que llega  se nos presenta la oportunidad de que nuestros hijos sigan contribuyendo en la tarea de preservar  el mundo en  el que habitarán por el tiempo que les toque estar aquí,  pues ellos son la generación que en 20, 30 ó 40 años más  estarán tomando las decisiones trascendentales que  modificarán la forma en cómo nos compartamos en  nuestra relación con el entorno hasta ahora, tal vez cuando mi hija crezca el uso del petróleo esté prohibido por  su escasez, tal vez los mares en algunas latitudes hayan  borrado geografías enteras y tal vez la única oportunidad  que tenga mi hija de conocer un oso polar sea en los refrescos navideños al lado de Santa Claus. La rapidez con la  que consumimos y acabamos con los recursos naturales  nos está llevando cada vez más a olvidar que el ritmo de  industrialización y desarrollo poco sustentable que llevamos nos va a obligar a buscar recursos y materia prima  en otro planeta, porque nosotros la especie dotada de la  mayor capacidad de raciocinio del reino animal fue incapaz de transmitir la adecuada educación ambiental a las  futuras generaciones.

Gracias a mi cuñado Gabriel que me regaló un  libro sobre la paternidad, pude entender hasta ahora  que la paternidad es un arte que debemos labrar día  con día, como si se tratara de la realización de una  gran obra, si deseamos que nuestros hijos se superen  y aprendan a disfrutar la vida y preservar el entorno  que han heredado de Dios y de sus padres, pues su  entorno actual se encuentra aún más contaminado y  lleno de problemas, ya que tendrán la difícil tarea  de  enfrentar  los rápidos cambios que nuestra generación  ha provocado en el planeta producto de los avances  científicos y tecnológicos aplicados a la vida diaria que  nos están dejando un medio ambiente incapaz de  regenerarse. Nosotros vivimos en tiempos donde todo  lo deseamos ahora mismo (o ayer, sí es posible). A esto  algunos autores como Marcos Witt le llaman la época  del microondas. Metemos al horno un paquetito, le  ponemos los minutos o segundos que se requieren,  esperamos al lado del aparato hasta que suene el  timbre, que anuncia que el producto está listo para   su consumo, es decir, ni siquiera nos damos cuenta  de la gran responsabilidad y desafío que implica el ser  padres en tiempos como los que estamos viviendo.  El amor requiere tiempo. El compromiso requiere  tiempo. La amistad requiere tiempo. Nuestros hijos  requieren tiempo. Nuestra creatividad requiere  tiempo. Nuestra vida emocional y espiritual requieren  tiempo.  Sembrar y ver crecer los frutos de un árbol  requieren aún más tiempo. Todo lo más importante  en la vida requiere tiempo. Cambiar la forma en  como estamos organizados requiere tiempo, pero  es en esta generación en la que podemos cosechar  esa esperanza.  Encuentro una gran inspiración en  la llegada de Andrea para seguir invitando a más  gente a reflexionar entorno al impacto en el medio  ambiente que estamos generando e intercambiando  experiencias de cómo mejorar la calidad de vida que  llevamos en esta búsqueda de  superación, puesto que  al referirnos al medio ambiente, indirectamente nos  estamos refiriendo a nuestros hijos, pues en términos  ecológicos el mundo no tiene fronteras.

*El autor es Internacionalista egresado de la UDLA-Puebla

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