La contagiosa angustia del Señor K

Por Daniel Salinas Basave

Una mañana cualquiera, Josef K. es arrestado y sometido a un proceso por una causa que ignora y que nunca le es comunicada. La maquinaria judicial se enciende, lo procesa y lo declara culpable sin que Josef se entere nunca qué delito cometió.

Otra mañana cualquiera, Gregorio Samsa se despierta convertido en un insecto monstruoso sin siquiera intuir porqué ocurrió semejante transformación. “Sus patas numerosas, de una delgadez lamentable en relación con el volumen de su cuerpo, se agitaban frente a sus ojos”. Sin embargo, aún convertido en cucaracho, Gregorio está angustiado porque llegará tarde al trabajo.

Un día, un agrimensor llamado simplemente K intenta entrar a un castillo para contactar a las misteriosas autoridades que lo gobiernan, pero nunca consigue dar con ellas y tampoco puede salir del castillo.

El proceso, La metamorfosis y El castillo son novelas que fueron escritas hace más de cien años y sin embargo son escalofriantemente actuales y de una forma u otra, parecen describir el absurdo de nuestra época y los sistemas políticos que la controlan. Maquinarias absurdas en las que estamos inmersos como engranes sin siquiera cuestionar nuestro papel.

Este mes conmemoramos cien años de la muerte del escritor que con mayor profundidad e imaginación narró la angustia y el desasosiego del ser humano en tiempos modernos. Ocurrió hace exactamente un siglo, el 3 de junio de 1924. La tuberculosis que lo carcomía desde hacía siete años acabó de consumir su maltrecho cuerpo.

Para Franz no hubo sorpresas. Sabía que su condena era irreversible y por ello rompió su compromiso matrimonial con Felice Bauer. En cualquier caso, de haber sobrevivido 15 años más, su destino habría sido morir en los campos de concentración nazis como le ocurrió a sus hermanas.

Se sabía condenado y condenó sus libros al fuego: quémalos sin siquiera leerlos, le pidió a su amigo Max Brod antes de morir. Para nuestra fortuna, esa condena no fue ejecutada y Max cometió la más divina desobediencia en la historia de la literatura universal al traicionar el testamento de su amigo. Max salvó su obra del fuego y gracias a esa traición sabemos que lo kafkiano es la historia de nuestra vida cotidiana.

Dicen que fue el profeta de los horrores del Siglo XX, pero a mí me da por creer que el néctar mismo de lo kafkiano habita en nuestros días, en este absurdo Siglo XXI donde nuestros juguetes juegan con nuestro destino. Lo kafkiano es la pantallita donde escribo este texto, el Castillo digital donde yacemos sin remedio, una inteligencia artificial que colapsa, un robot que tiene en sus manos tu destino y no te entiende.

Lo kafkiano es saberte desechable e innecesario, abortado por un engranaje cuyo funcionamiento ignoras aunque estás inmerso en él. Lo kafkiano es aceptarte culpable sin saber de qué, procesado sin saber por qué en un mundo que se jura perfecto, exacto e infalible, porque aquí la falla eres tú.

Hace cien años se nos murió Franz Kafka y nuestro mundo nunca había sido tan perra y canijamente kafkiano.