La condena del vino

Por Dionisio del Valle 

Uva, bestia frutal que acecha desde el íntimo abismo de la sangre.

Arturo González Cosío

No habían pasado diez años desde la muerte del profeta Mahoma cuando el consumo de vino quedó prohibido, de manera absoluta, en todos los países árabes. Un ángel de nombre Gabriel le dictó al profeta, durante sus horas de sueño y duermevela, todo lo que debía saber acerca de la vida, la muerte, lo permitido y lo prohibido. Sus discípulos memorizaron las enseñanzas del maestro y, poco después de su partida en un caballo alado desde la Mezquita de Omar, las escribieron en el libro sagrado del Islam, el Corán. La abstinencia que se exige a partir de entonces contrasta con la tradición árabe anterior al siglo VII. El consumo moderado de vino entre los ciudadanos de naciones arábigas era una de las costumbres más arraigadas desde tiempos que se pierden en la memoria de la civilización humana.

Es pertinente recordar, como debe ser cuando se hace referencia a cualquier acontecimiento histórico y sus consecuencias, el contexto dentro del cual suceden los hechos referidos. Mahoma nació y vivió buena parte de su vida en la Meca. También lo hizo, durante el periodo de la hégira, en la ciudad de Medina, a unos 500 kilómetros de distancia en lo que ahora conocemos como Arabia Saudita. El profeta pertenecía a la tribu gobernante de la zona en aquel entonces, la Quraysh. Era el comercio de especies la actividad principal entre los pueblos que habitaban la península arábiga y se puede decir que la mayor parte de quienes vivían en esa región llevaba una vida nómada teniendo en la Meca y Medina sus centros de intercambio comercial. 

Es cierto que la Meca ya era lugar sagrado antes del nacimiento de Mahoma pero también lo es que la gran mayoría de quienes vivían en ese entonces profesaban creencias politeístas y es, precisamente la lucha en contra de estas, uno de los motivos principales que alentaban al profeta. Él estaba convencido, como Jesucristo lo estuvo 600 años antes, que solo había un dios. Sin embargo, a diferencia de lo que sucedía con el dios de los cristianos, Mahoma creía que tomar vino ofendía a Alá y consideraba que el consumo del mismo mantenía a los hombres alejados de su recuerdo, además de ser una de las formas que tenía Satán para sembrar la enemistad y el odio entre los mortales.

Es un hecho que las condiciones climáticas de la península arábiga no son las ideales para el cultivo de la vid, no obstante, otros países que se unieron con inusitada rapidez a la influencia del Islam, como Líbano y Siria, producían desde mucho tiempo atrás vinos de calidad aceptable y sus habitantes disfrutaban de ellos sin pensar siquiera que al hacerlo ofenderían a su nuevo dios. A partir del momento en que se decreta el carácter nocivo de la ingesta de vino entre los musulmanes empiezan a presentarse dilemas de consideración, sobre todo entre las figuras, destacadas por cierto, de la ciencia en general y de la medicina en particular.

No fue tarea fácil para genios como Avicena, explicar los beneficios del consumo moderado del vino sin traicionar las creencias de su reciente religión, sin embargo debemos aceptar que el Islam fue tolerante con los productores de vino en la España andaluza y en los países que han permanecido bajo regímenes musulmanes, como es el caso de los antes mencionados. 

Es probable que en lo más profundo del espíritu islámico habite todavía el pulso melancólico de la vid y sus milagros. El poeta persa Omar Khayyam escribió en el siglo XI un poema que refleja el rechazo a la drástica medida que su credo le imponía. En una estrofa de un poema suyo se lamenta al no poder disfrutar en vida lo que le es prometido para después de la muerte, corriendo el riesgo de que “yendo en pos de alguna bebida redentora, mi vaso caiga al polvo que todo lo devora”.