La ciudad que se quedó sin biblioteca

Por Daniel Salinas Basave

Casi desde el surgimiento mismo de la escritura y las primeras ciudades, el hombre ha sentido la necesidad de almacenar y preservar el conocimiento. Es por ello que las bibliotecas son casi tan antiguas como las primeras civilizaciones sedentarias.

Si bien la biblioteca más célebre y ambiciosa del mundo antiguo fue la de Alejandría, lo cierto es que tenemos ejemplos de grandes acervos de cultura escrita tanto en Sumeria y Bagdad como en Grecia y Roma. En la Edad Media las bibliotecas solían ser almacenadas en los monasterios y con el nacimiento de las primeras universidades, en Bolonia, Salamanca y Cambridge, la academia se convirtió en la guardiana de la cultura escrita.

El concepto de biblioteca pública o biblioteca popular nace con la Ilustración. Los grandes pensadores libertarios tuvieron claro que para acabar con las tiránicas monarquías y las sociedades de castas, la clave estaba en poner el conocimiento al alcance de todo el pueblo y que aún el más humilde de los peones pudiera tener acceso a un libro.

Claro, alguien con una mente simple y corta puede pensar que las bibliotecas son asunto del pasado y que basta checar Wikipedia en nuestro teléfono inteligente para poder suplantarlas. Olvidan el rol fundamental que desempeña una biblioteca pública en la comunidad.

A todos aquellos que las miran como algo anacrónico, tal vez les sorprendería saber que muchos de los edificios más modernos, sofisticados y arquitectónicamente vanguardistas en no pocas ciudades del mundo, son bibliotecas públicas. Basta un rápido clavado en internet para admirar los portentos de bibliotecas que tienen en Helsinki, Seúl, Singapur, Lisboa, Birmingham, Tenerife, Medellín y Seattle por mencionar solo unas cuantas. Bibliotecas que conservan antiquísimos manuscritos y auténticos tesoros editoriales, pero que están a la vanguardia cuando hablamos de archivos digitales y consulta en línea.

Cuando veo el dinamismo y la frescura que se respira en bibliotecas que he visitado recientemente, como la Nacional de Colombia en Bogotá o la Luis de Camões en Lisboa, me es inevitable deprimirme y sentir vergüenza al darme cuenta que en mi Tijuana que tanto quiero, las bibliotecas son anacrónicas covachas agonizantes. Nuestra humilde biblioteca central, la Benito Juárez, tenía un magro acervo y sus instalaciones dejaban mucho que desear, pero era nuestra biblioteca y salía a flote con mucha dignidad gracias a la fe y la abnegación de algunos bibliotecarios.

En cualquier caso, para el gobernador Bonilla esa biblioteca era muy poca cosa, porque un día cualquiera, sin decir agua va, simplemente la borró de un plumazo y la desalojó para habilitar oficinas de burócratas, toda vez que el palacio blanco que fungía como centro de gobierno en Tijuana, ha sido entregado a la UABC para saldar una histórica deuda.

Mientras tanto, Tijuana se ha quedado sin biblioteca. Presionados por las protestas y las duras críticas en redes sociales, el gobierno estatal se saca de la manga un proyecto a las carreras, absolutamente improvisado, que pretende mudar el acervo al ruinoso edificio de correos en la Zona Centro. Sin planeación ni proyecto ejecutivo, aquello tiene aspecto de atole con el dedo.

Claro, podría darles el beneficio de la duda, pero en cualquier caso, lo ético habría sido consensarlo y abrirse a recibir propuestas e ideas de bibliotecarios, libreros, investigadores, promotores culturales y usuarios de la biblioteca. Omitirlos y dejarlos fuera me parece una profunda falta de respeto, sobre todo porque en esta ciudad hay muchas personas que gustosamente aportarían su conocimiento y su experiencia sobre el tema. Ojalá esto sea el principio de una nueva era para las bibliotecas en Tijuana y no su triste final.