La cabalgata de San Francisco

Por Daniel Salinas Basave

La primera noche de Jaime Rodríguez como gobernador de Nuevo León suma  poco más de dos horas de sueño y transcurre en su casa en García. Su primer amanecer no es diferente al de otros domingos. El mandatario estatal prepara su salsa bronca matona que derrama sobre la barbacoa.  Su primer desayuno no es en absoluto frugal: Cinco tacos bien surtidos devora antes de irse rumbo al Río Santa Catarina donde lo aguarda Tornado y más de mil jinetes del Nuevo León profundo.

 

Tornado ha pernoctado en el lecho del río. Es un frisón europeo que cruzó el Atlántico hace poco más cuatro años. Su brillante pelaje azabache impone.

No pocos jinetes han pasado la noche con sus cuacos en el lecho del Santa Catarina. Montado en su alazán color café, vistiendo camisa amarilla, Concepción Morales, dueño del aserradero de Pabillo da la bienvenida al hijo más famoso del ejido a las nueve de la mañana. 

Don Chon conoce a Jaime desde que era un jovencito y ha cabalgado junto a él por miles y miles de kilómetros en agrestes veredas. Hoy lo acompañará al frente de la cabalgata apoteótica. La lluvia no amaina y un pequeño riachuelo entre las rocas recuerda a los equinos que el Santa Catarina es río y cada cierto tiempo  le da por desbordarse.

La cabalgata es una hilera de más de mil jinetes extendidos  a lo largo  de medio kilómetro. En la primera línea una mujer cabalga con una bandera mexicana. Al verlos avanzar bajo la lluvia, galopando entre las piedras del río,  pienso que no debe haber sido muy distinta la escena de la División de Norte de Francisco Villa entrando a algún poblado, solo que aquí, por fortuna,  no hay armas.

La caballería avanza rumbo al Parque Fundidora en cuya entrada lo aguardan más de 400 corceles de acero con motores rugientes. Son los clubes de motociclistas que  han decidido unirse a la caravana. Alazanes y Harleys  se funden en un mismo ejército que avanza rumbo a la Arena Monterrey cuyas gradas ya empiezan a llenarse.

En el interior del enorme auditorio, el mismo donde tres meses antes hubo una amenaza de muerte para Jaime, suenan las canciones broncas. La Orquesta Sinfónica Infantil Esperanza Azteca interpreta por vez primera la Canción de la Nueva Independencia. A la sinfonía sigue el  acordeón,  el bajosexto y la voz de Leandro Ríos cantando Un ranchero en la ciudad y Debajo del sombrero, canción que recibe a Jaime Rodríguez, quien llega acompañado de Adalina.

Con el pequeño Emiliano abrazado a sus piernas el gobernador de Nuevo León se olvida de teleprompters e improvisa sus palabras.

Vuelve a hablar del tremendo hoyo negro de 100 mil millones de pasivo que le han heredado. El desafío es contundente: Se les apareció el diablo y algunos van a ir al infierno a pagar por sus pecados. Hay rabia y sed de justicia por el desfalco, pero también una sentida y diríase humilde petición de ayuda y un llamado a limar rencores: “Por favor, no me dejen solo” pide Jaime a los diputados, a los alcaldes y a las 9 mil almas que se han dado cita esa mañana sin llenar la arena.

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