Junto con mi billete de mil pesos

Por Ana Celia Jiménez Pérez

Ese personaje temible que me perseguía siempre desde mi corta edad ha desaparecido. Lo busque debajo de mi cama donde solía esconderse y no estaba ahí, pensé escucharlo susurrar mi nombre mientras me duchaba y salté de a una de la regadera y solo conseguí mojar la ropa que tenía lista para usar en mi trabajo. Mientras desayunaba pensé verlo en el reflejo de la cafetera y al dar la vuelta me di cuenta que solo era la cortina de la ventana abierta como que saludando. Todo el día sentí su presencia y no encontraba la quietud, ¿dónde está el miedo?, ¿dónde está el rostro que me busca? Siquiera en el trabajo logré concentrarme, buscaba rastros de él en la copiadora, refrescaba mi computadora esperando mínimo un correo despidiéndose y nada.

Manejando a casa imagine verlo en casi todas las paradas, mezclado entre la gente y no, era nada. Ni una canción que enviará sugiriendo su paradero, ni un cuervo cerca de mí que cantara. Me hacía sospechar que yo ya no sentía nada, ni lo bueno, ni lo malo y llegando a casa corrí a verme al espejo, no sé por qué pero en los momentos de confrontación conmigo misma me gusta situarme delante de él  quizá como para recordarme que yo soy mi propia enemiga, y antagonista y así soltarme y más sincerarme, no poner filtros entres mis pensamientos y lo que bruta de mi boca

Y así frente a frente, me pregunte que, ¿para qué le seguía buscando? Si ya al parecer por fin no estaba, pareciera que lo quería de vuelta, me recrimine, en mi vida, ese monstruo sin nombre, esa sombra en mi rutina y ese vacío en mi mirada. Y me quedé ahí quieta viendo mi reflejo esperando qué yo misma me iba a decir ya que siempre tardo en soltar las verdades fuertes, me estaba dando algo de tiempo.

Sabía en el fondo que era miedo, miedo a encontrarme ya sin ninguna atadura, sola, libre, libre para hacer y ser, uno culpa a todos y a todo y no siempre estamos listos para tomar acciones cuando se nos quita esa piedra del camino, cuando solo quedas tú al final del pasillo y cuando eres el único sospechoso en la lista.

Debo de admitir que mi personaje, mi fantasma, mi dolor, me daba un sentido de identidad, un sentido de disculpa social, un  otro tanto de excusa propia. Es claro que él ya no estaba y yo tuve que resignarme y adaptarme, pero debo admitir acá entre nos que dejé su cuarto intacto, por si alguna vez, bueno por si alguna vez regresa.

 

Compartir
Artículo anteriorLa Tijuana que queremos
Artículo siguienteSorpresas del draft