Ilusión del otro

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Lo que vemos en otros no es lo mismo en uno, nunca lo será. Desde la experiencia, la comprensión, como lo recordamos, con que se relaciona dentro, el concepto que conocemos de ello, y la historia y tonalidad que guarde en nosotros.

Observamos y creemos comprender, saber, conocer, pero solo sabemos de las palabras con las que nos describen, la empatía con la que nos relacionamos, pero no sabemos en verdad que embarga al otro, que le pasa al otro, por dónde es y por qué es.

Me encuentro siendo tonta cuando pienso saber, y creo solo comprender tan poquito de todo.

Hay veces que encuentro las enormes diferencias entre todos, entre el mundo y de mí y yo del mundo, nos separa tanto desde la concepción misma y todavía así hacemos comunidad, conversamos y jugamos con esos conceptos que creemos conocer del todo y nos buscamos en terrenos neutrales o haciendo el conflicto en zonas donde las palabras no exponen el sentir y hay un corte de comunicación y traducción desde la cabeza hasta el primer sonido que se pronuncia.

Somos tan diferentes me digo y me encuentro, con cierta melancolía porque hace que uno se siente en tantas escenas solo, pero al mismo tiempo pienso: ¡qué bueno!, me parece fantástico que existan distintos, de los que aprendo comparto, y con quienes vivo, de los diferentes de los no “yo”.

En momentos quisiéramos que todos fueran, reaccionaran, entendieran como uno lo haría, pero uno es muy solo como escuche por ahí: “uno es el número más solitario”, pero también es el comienzo de tanto, del mundo, del lenguaje, como el inicio del sonido, de la escritura, de lo dibujado y expresado. Uno intentando la unión, aceptando la incomprensión del mundo del otro, con tantas dudas, con tantas incógnitas, pero creyendo en la especie, en la historia, en lo aprendido y recolectado.

Será que todo el juicio negativo el mismo que impulsa a la guerra o a una acción cargada de ello, es la incapacidad de comprender al otro, a lo ajeno, a lo diferente de lo que se conoce, y es querer imponer una familiaridad y similitud imposible, por la misma individualidad que siempre se ha luchado y de la cual predica la contracultura.

Hemos caído en tantas paradojas, asomándonos desde la misma contradicción del día a día, en una hoja de calendario.