Idea fermentada 

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Hay tanto que tomamos por cotidiano que hasta que pase el  tiempo y cambie la vida que lo podemos extrañar. Recuerdo ahora en fotos ciertos momentos, lugares, el tapiz floreado, mi vestido favorito, la sensación de mi niñez. Hay tanta carga en el pasado que se vuelve melodía de añoranza, quizá la memoria es olvidadiza, quizá promete en retrospectiva o tal vez el presente nos miente mucho y nos miente fuerte. Hoy estando en la sala de la casa tuve la sensación de que un día futuro toda esta memoria en la que ahora actualmente vivo me dolerá, extrañare.

Los pasos de mis padres por las escaleras, el sentirme bajo su techo, el conocer con los ojos cerrados cada rincón de la casa. Sé que un día todo será diferente, que yo no estaré aquí, no estarán aquí y en ese momento es como si mi cabeza quisiera evadir lo que le quiere decir, al punto preciso al que con esas reflexiones quiere llegar, evitar lo que se avecina. Nadie tiene la fecha exacta, pero todos tenemos un punto fijo y de partida.

Siento como que caemos en una trampa del tiempo, en la que si te aferras mucho al presente y quieres absorberlo todo es porque continuamente piensas en el final de las cosas, de la vida, de las experiencias y de ciertas historias. Me parece confuso, cómo disfrutar el momento sin tener de “chaser” un trago de melancolía, porque todos vivimos entre esas tres cortinas, entre esas incógnitas que nos dividen la vida, el tiempo, el relato y la conjugación de la persona.

Cómo ignorar tantas mañanas, tantas conversaciones cortas, tantas caras sin saber si será la última vez que coincidas, si será lo último que tengas la dicha de poder compartir algo. La muerte personal no me atemoriza, pero sí el dolor de extrañar hasta los huesos, de olvidar aromas, de perder la fórmula que se lograba con ciertas personas en una habitación, en el mundo, en mi mundo.

La vida es y no se despide, la muerte llega y nadie la invita, todos tarde o temprano nos vamos de esto que debería de ser una celebración. Y yo con tanta pregunta que a veces me llueve, me complico, se complica y lloro como la respuesta natural, cuando me acobijo y me siento niña, esa niña que tiene todo y que imagina que no ha perdido nada.