Huérfana primavera 

Por Daniel Salinas Basave

Era un cuerpo muy pequeño, pero albergaba tanto amor y energía, que ahora el vacío de su ausencia es abismal. Al final Canica pesaba menos de cinco kilos pero su dimensión en el engranaje de nuestras vidas era absoluta y marcaba la temperatura emocional del día a día.

En esta casa vivió a nuestro lado por trece años. Su camita en la sala, la puerta de la cocina adaptada para que entrara y saliera, su plato con agua y comida encarnan la primaveral saudade que ahora nos invade.

Su arma de seducción fueron siempre esos ojos con rímel natural y las orejas bicolores, cafés con puntas negras. Era larga y puntiaguda como una comadreja y corría como saeta, saltando de un sillón a otro. Derrochaba energía, vitalidad y coraje. Esta tarde fuimos a recoger sus cenizas, el último vestigio de su omnipresencia.

La lenta agonía de nuestra perrita fue la marca de nuestra particular cuarentena. Hace un año, justo cuando comenzó el confinamiento, su salud comenzó a decaer severamente. Nuestra pequeña parecía haber abandonado el otoño existencial para cruzar el umbral rumbo al inocultable invierno. Puertas afuera un virus planetario devastaba el entorno mientras en casa el reloj de arena agotaba sus últimos vestigios sobre un cuerpecito peludo que ha sido parte de nuestra familia por casi década y media.

Después de vivir más de doce años derrochando vitalidad y energía, la insuficiencia renal y el cáncer comenzaron a hacer estragos en su cuerpo. Como familia tuvimos la fortuna de poder asistirla y cuidarla durante el tramo final de su vida, un tiempo en que apenas salimos de esta casa.

En este mismo espacio editorial hablé de ella un par de veces, cuando el pasado octubre estuvo a punto de morir. Contra todos los pronósticos y desafiando la concluyente sentencia de varios veterinarios, Canica burló a la muerte un par de veces y su llamita vital volvió a encenderse para pasar una Navidad más con nosotros, aunque los estragos en su cuerpo ya eran inocultables. Al final, es imposible no ver en su destino una versión en cámara rápida de nuestra propia existencia.

Canica ha dicho adiós con el invierno y la primavera más triste ya es huérfana de sus ojitos. Hasta el momento final su mirada fue lo último que brilló, siguiéndonos, buscándonos.

El cuerpo había dejado ya de funcionar, sus patitas ya no la sostenían, pero los ojos destellaron hasta el último instante para decir adiós. La vida es una vela inmersa en la tempestad, una llamita débil que contra todo se niega a apagarse. Paradojas del ciclo estacional y las cortinas del eterno retorno: Canica llegó a nosotros en sábado el primer día del verano del 2008 y en sábado dice adiós, en el último día del invierno de 2021.

Nuestra perrita fue puro derroche de fuerza, alegría y ganas de vivir. Iker aún no sabe cómo es la existencia sin ella, pues cuando él nació Canica ya tenía un año y medio en esta casa y ha vivido toda su vida a su lado. Si nos fuera dado pedirle un deseo a la naturaleza, pediríamos que los perritos vivieran a la par de los humanos. La primavera irrumpe con una nueva estrellita en el horizonte. Alguien nos estará esperando para cruzar el río.