Hiroshima, resiliencia a prueba de bombas

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

“Una era construye ciudades. Una hora las destruye”

Seneca

Esta semana, en mi familia se festejan dos cumpleaños; el de mi hermano segundo en la línea y el mío. Tres años y tres días separan nuestro nacimiento, los mismos tres días que separaron el lanzamiento de las dos bombas atómicas que cambiaron la historia de Japón y del mundo.

Así, el 6 y 9 de agosto festejamos nuestros cumpleaños a la par del recuerdo de una efeméride dotada de reflexión. La explosión de Hiroshima y la de Nagasaki respectivamente.

Con este preámbulo les cuento, que el primero de enero de 2014 visité la ciudad de Hiroshima. Y puedo decirles que fue una experiencia que impactó mi vida; primero, por visitar el museo donde se encuentran todas las fotografías de la horrible destrucción causada por la bomba nuclear, y segundo por el ejemplo de resiliencia.

El 6 de agosto de 1945 la ciudad quedaba totalmente destruida por el calor nuclear. A 100 metros del hipocentro, quedaba solo en pie la cúpula de un edificio de estructura acero y hormigón; donde la prefectura de Hiroshima promovía la venta de bienes regionales. Todo a su alrededor fue polvo, como resultado de la letal detonación cuya onda de calor de 300 mil grados centígrados quemó todo.

Hoy, esos restos encabezan el parque de la paz, donde construyeron el museo dedicado a tomar conciencia y sobre todo tocar el corazón de los gobiernos que tiene armamento nuclear.

Le conté a Valente que tres veces quise salirme del museo y llegó un momento en que sentí ganas de llorar al ver como un arma creada por el hombre puede destruir tanto. Fotografías de hombres, mujeres y niños, muertos y quemados por la radiación, llenaban la exhibición. Con unos audífonos escuchabas la recreación de las narraciones de los cronistas que por la radio contaban el horror vivido.

Una dosis atómica de mayor magnitud puede destruir a todo ser vivo. En Hiroshima solo explotaron 10 kilos de carga de 50 que tenía dentro la bomba llamada “Little Boy”, matando a 120 mil personas, imaginen si hubiera explotado la carga completa. Algunos dicen que fue un milagro que explotara la quinta parte de la carga y sin duda, creo que lo fue.

De rodillas pusieron al pueblo japonés, que ante ese ataque se rindió. No solo avergonzado por ser el gran perdedor, sino humillado, y profundamente herido en el alma,  pues para un japonés el honor es uno de sus valores más preciados. Y la palabra rendición no estaba en su vocabulario.

Viéndolo en perspectiva, lanzar la bomba fue atroz, pero lo peor era saber que la soberbia puede llevar a la destrucción de la civilización. Por eso, nueve días después de la bomba de Hiroshima, el emperador Hiro-Hito, anunciaba la rendición de Japón, ya que de no terminar la guerra, no solo se avecinaba la aniquilación de toda la nación japonesa, sino la destrucción de la propia humanidad.

Un año después de ese seis de agosto de 1945 se dieron cuenta que los árboles sobrevivientes comenzaron a florecer y ante contundente señal de vida comenzaron a reconstruir la ciudad.

Setenta y tres años después Hiroshima está de pie, más hermosa que nunca y sus habitantes junto a sus gobernantes buscan constantemente la paz por lo que cada seis de agosto envían cartas a los países con armas nucleares para que las destruyan, asegurando que no abandonaran esa encomienda nunca.