Hay momentos sin duda

Por Ana Celia Pérez Jiménez
La duda esa peste que entra por la ventana que la abren entre dos signos de interrogación y a  veces siento que le coopera uno que otro de exclamación alterando todo y despertándome a gritos por mi nombre, por el cual soy identificada por los comunes en esta tierra y respondo de la misma forma “común”. Todo en cambios, en giros, en inflación y así las balanzas de mi vida moviéndose de un lado a otro en variantes, entre ajustes, haciendo inventarios, al menos aún puedo decir que he perdido más dientes que amores y he viajado más en vuelos que en  ilusiones.

Plantando dos pies en el piso, floreciendo cual girasol siempre en busca de el sol, supongo que  también le hacía falta su padre; uno va soltando de a poco ese humo que pensabas que te volvía incendio, esos gritos que pensabas que te hacían imponente, vas soltando de a poco, porque de apoco te engañas a ti mismo y  porque temes que con los mismos demonios que vas arrojando te vayas a perder del todo a ti mismo, irónicamente hablando del “pertenecer” y el “ser” palabras que son  solo burbujas en el tiempo, tan frágiles. No hay más que confrontar en uno lo que no nos gusta ver en el otro, en la sociedad, romper por fin con esa hipocresía y sus facetas; cumplir  promesas, aceptar errores, comer tus verduras y regar tus flores.

Mis cubos mentales se derriten al darles el calor de mi energía, al calentarlos con el enfoque de mi atención, aun huele a realidad… realidades que desde mi infancia congele o bien me atrevería a decir que evadí, con los que mi subconsciente se estuvo preparando uno que otro trago para embriagar a mi consciente.

No me jactaría de estar siempre sobria como en una sola pieza, de no tener grietas o de tener bien definida cada palabra que utilizo y saber la perfecta ubicación de sus acentos. La duda también es un estado valido que tiene como capital la pregunta y como gobernante al miedo. Pero cuando escribo muere toda duda al ritmo que una letra sigue de la otra, al momento que se ve escrita, que escucho el ritmo del teclado, en el momento que con mis ojos repaso como vals de un lado a otro buscando el sentido de una palabra sobre otra, viendo como una palabra subraya, realza, delinea, expresa y sencillamente besa a la otra. Cuando escribo me ejecuto, me desangro, salgo en gotas concentradas, en calles cerradas, en bocados pequeños y en mordidas de una quijada grande y hambrienta. Suelto aquí y ahí las conversaciones que habitan mi cabeza, los diálogos que hacen una novela, las palabras que me confunden al querer hablar, ellas saben de mí, más que mí misma, a veces pienso que los verbos que escribo llevan mis genes y los pronombres cargan secretos que yo misma no me he contado.