¿Hablas bien?

Por  Maru Lozano

Si te preguntan cómo estás, ¿qué respondes? Es posible que: “Bien, mal, más o menos, aquí nomás, pues ahí pasándola, como siempre”.  Pero eso sí, nos desesperan los adolescentes cuando escuchamos que por teléfono se tardan horas y nada más dicen: “qué onda, órale, ¿neta?, chido, sobres, bye”. Y los grandes nos cuestionamos cómo es que se entienden o cómo es posible mantener una real comunicación así.

 

No cabe duda que los seres humanos somos demasiado complicados para entablar comunicación, hablar es todo un derroche de nada y un reflejo de todo. Ese reflejo al que me refiero es la imagen de nosotros mismos. Miles de los problemas que tenemos en la casa, en el trabajo y en lo social están conflictuándonos porque nuestra manera de hablar se limita a palabras que parecen comodines de baraja y ahí el que escucha tiene que acomodar, interpretar, relacionar, analizar, digerir, adivinar, eliminar y demás.

Pero  ¿dónde está el problema? en que precisamente, el que nos escucha tendrá la acostumbrada tarea de imaginar e interpretar. Cuando tu amigo te conteste “estoy bien, gracias”, tú podrás asumir que está perfectamente; pero si tú estás enfermo o triste quizá te imagines otra cosa.

¿Por qué pasa esto? Porque los detalles más simples de comunicación hacen que alteremos nuestro sentir, existen palabras que nuestro cerebro no entiende y no sabe qué hacer con ellas y entonces como que las canaliza a un lugar de ensueño, ¡a un lugar mágico! (no por ello siempre maravilloso) y que es “la tierra de la imaginación.” Esto quiere decir que formaremos la imagen que se pueda, de acuerdo a nuestro actual estado de ánimo, según hayamos dormido, según estemos emocionalmente, etc.

¿Qué imaginamos cuando alguien nos dice “bien o mal”? Yo creo que nada, porque el cerebro se confunde, entonces la comunicación resulta toda una locura, las palabras que se lanzan y se cachan son solo un entretenido y retentivo juego que al terminar, nos deja con la sensación de cansancio y tensión.

Fíjate que si a un niño le dices que lo que hace está mal, entonces su mente capta el “mal” como propio y el niño se siente “malo.” Sería adecuado entonces buscar palabras concretas y digeribles como: “Lo que haces es incorrecto”, así el niño sabrá acomodar, normalizar la actitud y cambiarla por lo que “es correcto”.

Buscar palabras que definan nuestro sentir es lo más favorable. Responder “estoy más tranquilo, estoy incómodo, con algo de sueño, estoy cansado…” hacen que el receptor no tenga opción a imaginar lo que quiera, y fácilmente sabrá cómo se encuentra quien le habla.

Además de que si nosotros mismos decimos aquellas indigestas palabras, entonces quiere decir que difícilmente tenemos una idea de cómo está nuestra autoestima.

Ir practicando conversaciones con palabras concretas harán que nos auto-analicemos y que incluso, lleguemos a un conocimiento personal que hará que contactemos con ese “yo” tan olvidado con frecuencia que urge pulir cuando estamos en conflicto.

Hablar correctamente nos da la pauta de una increíble conversación que nos entretendrá en un real momento de intenso conocimiento mutuo y listo para la retroalimentación verdadera.