Había una vez… 

Por Daniel Salinas Basave

Acaso muchos de nosotros entramos al reino del cuento antes de aprender a leer y a escribir. Si tuvimos la fortuna de tener una madre o una abuela que nos contaran historias antes de dormir, entonces podemos decir que conocimos desde la más temprana infancia la fascinación y el embrujo de una historia bien narrada.

Las palabras “había una vez” son mágicas, una puerta de entrada hacia un mundo desconocido del que formaremos parte. Para cientos de generaciones a través de los siglos, el “había una vez” ha sido la llave capaz de abrir un umbral y llevarnos de viaje a un universo fascinante y lejano. En esa clave embrujada habitan nuestra máquina del tiempo y nuestra bola de cristal.

Por tradición los cuentos se cuentan en la noche, a la luz de la lámpara y acaso muchas veces fue nuestra despedida del día antes de dormir. El cuento es entonces la puerta de entrada al paraje de los sueños. Por su aparente sencillez de recursos, el cuento es casi omnipresente en nuestra vida y es tan antiguo como el lenguaje. Mucho antes de que los sumerios trazaran símbolos sobre tablas de arcilla y los fenicios pusieran los cimientos de su alfabeto, los nómadas de las cavernas compartían relatos a la luz de una fogata.

El cuento emerge de la historia ágrafa pero se adapta de maravilla a la escritura. Para consumar el hechizo del cuento hacen falta sólo dos elementos: la imaginación y las palabras. Si a ello se suma la memoria o en su defecto el papel y la tinta, el cuento podrá compartirse, heredarse y reconstruirse una y mil veces en cada cabeza.

Acaso el cimiento del animal racional, lo que nos hace diferentes a otras especies, es la capacidad de narrar. Una cultura existe en la medida que es capaz de construir y heredar los mitos y relatos que la definen.

El cuento primario sigue encarnando la esencia de la tradición oral. Caperucita ha sido narrada de mil formas distintas, en tres minutos o en dos horas, de corrido o con pausas dramáticas, puntos suspensivos y juegos de tensión. Una abuela creativa y teatral puede alargar el relato tanto como ella lo deseé, aunque esencialmente sea la Caperucita que conocemos todos.

Medio en broma medio en serio, Juan Rulfo dijo que dejó de escribir relatos cuando se murió su tío Celerino, que era quien le contaba las historias. Ese tío campesino e iletrado sembró e inspiró algunos de los mejores cuentos que se han escrito en idioma español como son los de El llano en llamas.

Gabriel García Márquez habla de los caprichosos vaivenes de la imaginación, del arte de saber captar el momento exacto en que surge la idea de una historia, de la misma forma que la liebre aparece de repente en la mirilla del cazador.

Es con Rulfo, García Márquez, Borges, Arreola, Cortázar, Onetti y Quiroga, entre otros, con quienes el cuento escrito en español alcanza su más alto nivel como una arquitectura prosística perfecta. A cuentos como El Aleph, El guardagujas o Blacamán, el bueno, vendedor de milagros, no les falta ni les sobra nada. Si le sumamos o le quitamos palabras alteraríamos su esencia y pese a ser portentos de escritura, son relatos susceptibles de ser compartidos oralmente.

A veces hay personas iletradas que resultan ser extraordinarias narradoras de historias. Claro, otra cosa es escribirlo y elegir las palabras exactas e insustituibles (en un buen cuento no debe sobrar ni faltar nada) sin embargo, la esencia o el néctar del cuento habita en la voluntad o el deseo de narrar o escuchar una historia.