¡Gracias!

Por Dianeth Pérez Arreola

¿Cómo meter diecisiete años en una maleta? Sólo lo más significativo encuentra un lugar en el equipaje; en cambio me cabe en el corazón todo el amor, las experiencias, los viajes y las personas que han hecho de mí quien soy.

La última noche logramos dar a la despedida un ambiente festivo y dejar la tristeza para el día siguiente. Con el equipaje al límite, nos dirigimos al aeropuerto y después de documentar, las niñas fueron a despedirse y yo a confrontar las consecuencias de la decisión más difícil de mi vida.

La despedida fue muy, muy difícil. Es complicado describir cómo al mismo tiempo sientes el corazón roto y por otra parte, lleno de emoción. Secándonos las lágrimas desaparecimos diciendo adiós y lanzando besos tras el filtro de seguridad, y en migración nos dejaron pasar por primera vez sin retenernos para comprobar por teléfono con mi esposo si autorizaba la salida del país de las niñas.

El vuelo de Ámsterdam a Ciudad de México transcurrió sin problemas. Unos días antes recibí un correo de la compañía explicando el protocolo de seguridad y pidiendo que llenara una declaración de salud que nadie se molestó en mirar. Yo tendría que usar mascarilla todo el vuelo y tendría que cambiarla con frecuencia, aunque esto fue dejado a criterio de los viajeros.

Comprobamos que las medidas de seguridad anti Covid son mucho más estrictas en México. Nos tomaron la temperatura y había muchos guardias cuidando que se respetara la sana distancia y ofreciéndote gel antibacterial cada tres pasos. Entramos al país como mexicanas, nos fuimos al hotel y caímos rendidas. Despertamos a las cinco de la mañana. Mi hija mayor se enderezó en su cama, me vio y dijo sonriente: “mamá, lo logramos”.

Listas para el vuelo que nos llevaría a Mexicali, nos fuimos a la terminal de la aerolínea -más tomas de temperatura, más gel antibacterial, formularios sobre el Covid que llenar- hasta que por fin llegó la hora de ocupar nuestros asientos para iniciar el recorrido de las tres horas más largas de mi vida.

El capitán informa que en Mexicali nos esperan treinta y seis grados, hemos comenzado a descender y ya puedo ver los campos agrícolas junto al árido desierto, los canales de riego, la línea internacional. El corazón se me acelera; llego un día veintiuno tras la misma cantidad de años fuera: tres en Tijuana, uno en Madrid, cuatro en Ámsterdam y trece en Leiden.

Gracias por haberme acompañado estos años, ha sido un honor estar presente en estas páginas. Con cierta regularidad he recibido sus mensajes, los cuales agradezco profundamente porque no es fácil saber si mis palabras causan algo en quien las lee. Ahora se que es así.

Escribir ha sido a veces un ejercicio de catarsis, de complicidad, de liberación. Extrañaré sentarme a escribir todos los lunes a describir mi mundo en quinientas palabras. Espero que la inspiración no me abandone y volvamos a vernos en estas páginas. Por lo pronto, ha sido un placer. Gracias por acompañarme todos estos años. He llegado a casa.