Giros

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Me parece que caigo en lo mismo y quizá todos, tenemos nuestras glorietas y como turistas no sabemos salir de ellas. Caigo y caigo sin querer en el mismo pensamiento, los mismos nombres, las mismas escenas. Será que no existe la enfermedad y todos somos locos en un mundo compartido.

Me llueven las mismas palabras, como si fuera un guardarropa más que usado, desgastado, salgo para encontrar algunas nuevas, pero las mismas me encuentran, como si existiera una tal fijación y como si solo debiera hablar por ellas con ellas, combinándolas, cambiándolas, pero siempre diciendo lo mismo.

La repetición no es la que me molesta, pero sí el mensaje, sí el panorama, el sabor de paladar. Es como si ya nadie lo notara y solo yo me doy cuenta que soy la escena de la misma obra, es querer cambiar todo el contexto y quedarme con el mismo diálogo, la ironía, la frustración, las palabras y hasta la misma cantidad de amor.

Es que nadie pone atención, mejor dicho, ¡nadie me pone ya atención!, ni a mí y mucho menos al mundo. Todo sucede tan igual, las parejas, la sociedad, la escalera, las sonrisas; las guerras lejos, los combates cerca. Una taza de café no me molesta, ni la copa de vino, ¡esas que se repitan!, ¿pero la historia?, ¡la historia no!, ¡que se cambie!, ¡que yo cambie!, que cambie esto y por consecuencia se cambie lo otro.

Es cansado ver la repetición, los patrones, las escuelas, el mismo amor, la misma rutina, el mismo adorno, las ventanas de casa; apatía no a la normalidad, sino a la falta de individualidad, falta de progreso, de ver más lo diverso, ver la valentía por las calles de lo espantoso y refrescante. En lo que no cambia hace falta realidad, en lo que no evoluciona falta vida, y en este escrito faltaron palabras.