Fuego en el ágora 

Por Daniel Salinas Basave

Hace poco más de una década, las redes sociales eran apenas una herramienta accesoria para los políticos, un complemento interactivo para llevar su mensaje a un limitado número de personas. Todavía en 2010 eran contados los políticos que interactuaban cotidianamente a través de alguna plataforma digital. Barack Obama había marcado tendencias durante la campaña presidencial de 2008 al ser el primer gran líder mundial en hacer de Facebook y Twitter una herramienta clave en la difusión de su mensaje.

Doce años después, la idea de ver a un político o jefe de estado que prescinda de estos canales de comunicación nos parece inconcebible. Los políticos pueden prescindir de los medios de comunicación tradicionales pero se sienten perdidos si de pronto se quedan sin sus espacios digitales. A estas alturas, sin duda prefieren prescindir de la televisión y los periódicos que de sus redes sociales.

El hecho de que Facebook y Twitter le hayan retirado sus cuentas al presidente estadounidense Donald Trump genera un terremoto político sin precedente y abre un nuevo debate ético y legal sobre el debido uso de estas plataformas. El argumento para privar a Trump de sus cuentas, es que el saliente inquilino de la Casa Blanca estaba haciendo un mal uso de ellas al difundir como una verdad comprobada la existencia de un fraude electoral en los comicios donde resultó perdedor y por llamar a sus partidarios a manifestarse y protestar en afán de impedir que el demócrata Joe Biden fuera certificado por el Congreso como el legal triunfador.

Los incendiarios twits de Trump fueron el equivalente a un cerillo en un pajar rociado por gasolina y desataron una crisis política sin precedente en los Estados Unidos. Tal nivel de división y encono entre estadounidenses no se veía desde los tiempos de Guerra de Secesión. Un twit, ya nos quedó claro,  puede hacer arder un país.

Hoy Trump y sus partidarios intentan voltear la tortilla y jugar el papel de víctimas que tan bien se les sale cuando les conviene. Bajo la sesgada y siempre tendenciosa óptica trumpista, Facebook y Twitter han pasado a formar parte de la gran conspiración liberal y progresista que busca apoderarse de su país. Trump, dicen, es víctima de una aberrante censura propia de un régimen totalitario y ahora sus seguidores radicales acusan a Twitter y a Facebook de coartar su elemental derecho a expresarse.

¿Significa eso que tener una cuenta en una de esas plataformas le da a uno el derecho de publicar cualquier cosa sin importar las consecuencias? No. El ágora digital, como todo en la vida, tiene reglas y parámetros de elemental convivencia.

Para empezar, Twitter y Facebook son empresas privadas que proveen un servicio y como toda empresa, tienen la posibilidad de reservarse el derecho de admisión. Hasta donde yo sé, no hay todavía alguna constitución o ley suprema en algún país que establezca como una garantía el que todo ciudadano pueda hacer libre uso de las redes sociales sin que nadie pueda coartar o limitar lo que ahí expresa. Si una cuenta de Twitter pone en riesgo la paz y la estabilidad de una nación, lo más sabio y coherente  que puede hacer la empresa  es cerrar esa vía de comunicación.

Nadie le ha impedido a Trump convocar a una conferencia de prensa, publicar una carta en un periódico o salir a una plaza pública con un micrófono, pero en estos tiempos carecer de acceso a la tribuna digital equivale casi a estar amordazado en medio del desierto. Al iniciar la tercera década del Siglo XXI, las redes sociales son la voz del gobernante.

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