Formas de ser lector 

Por Daniel Salinas Basave

En uno de sus Seis paseos por los bosques narrativos, Umberto Eco habla de lectores de primero y segundo nivel. El lector de primer nivel se interna en un bosque siguiendo un camino que lo llevará a un destino específico. El lector de segundo nivel se interna en el bosque para tratar de entender cómo está formado dicho bosque y por qué unos senderos son accesibles y otros no.

En el bosque narrativo, el lector de primer nivel sigue un camino deseando saber cómo termina la historia, mientras que el lector de segundo nivel intenta descifrar la arquitectura y las claves del autor. El misterio no es cómo acaba la historia sino cómo está construida.

Como soy un lector hedonista que se interna el bosque narrativo por puro principio del placer, no suelo hacer, al menos de entrada, demasiados esfuerzos para acceder al segundo nivel. Avanzo en mi lectura sin prisa por terminar o llegar a destino alguno y mentiría si dijera que leo siempre con los ojos del detective que intenta descifrar una clave.

El detalle es que al dedicarme yo también a la creación literaria, a menudo me es imposible leer sin tratar de estar a cada momento descifrando la estructura del texto como si fuera un acertijo.

Hay quien disfruta y se entretiene viendo al mago sacar conejos del sombrero y hay quien se pasa la función entera tratando de adivinar dónde está el truquito. Hay quien prueba un platillo y simplemente se abandona al disfrute consintiendo al sentido del gusto y hay quien come tratando de adivinar en cada bocado los ingredientes que conforman el platillo y la manera de combinarlos. ¿Quién disfruta más de la comida? La clave del disfrute está en la apertura de mente para aceptar probar de todo.

El chef Anthony Bourdain era capaz de crear los platillos más suculentos e innovadores porque era todo un vagabundo que iba de allá para acá y lo mismo lo podías ver en un puesto de tacos en Ensenada que en un mercado popular de Tailandia siempre abierto a experimentar nuevos sabores, igual de la más humilde comida callejera que de los restaurantes más sofisticados.

Al igual que con la comida, creo que el secreto es ser un lector hedonista y leer por puro principio del placer. Leer es un fin en sí mismo, aunque es también un medio. Es el viaje, pero es también el destino. La regla no escrita es que sobre mi buró puede haber obras gourmet en promiscua convivencia con vil chatarra editorial.

Un umbral tan amplio de tolerancia acarrea ciertos riesgos inevitables. La probabilidad de tragar textos podridos que inducen al vómito casi inmediato es amplísima, pero acaso el gusanito que mantiene vivo este vicio es la posibilidad siempre latente de encontrar un diamante en la más insospechada piedra de carbón. Por fortuna en esta adicción no hay reglas inamovibles. De la misma forma que un exquisito producto intelectual de vanguardia puede resultar un bodrio, una novelucha de supermercado sin otro propósito que el entretenimiento puede resultar una agradable sorpresa.

Lo único que justifica el vicio literario es el disfrute. Si en lugar de disfrutar sufres, es mejor dejarlo. Lo importante es tratar de liberarse de prejuicios a la hora de empezar a leer y dejar que el texto hable por sí mismo e intente defenderse solo. Si el texto nos apasiona o acaba por naufragar será como consecuencia de su lectura y no de ideas preconcebidas.

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