Federico Campbell: Tijuanense

Por Pedro Ochoa Palacio

A Carmen Gaytán

Conocí a Federico Campbell a finales de los años setenta del siglo pasado a través de Héctor Lucero Antuna, en la Ciudad de México. El “Brother”, como le decía afectuosamente Jorge Ruiz Dueñas, nació en nuestra querida Tijuana, Baja California, el primero de julio de 1941. Estudió la preparatoria en Hermosillo, Sonora. Por ello se sentía tan tijuanense como sonorense, estaba tan vinculado a ambas tierras mediante muchísimos afectos. Cursó Derecho y Letras en la UNAM, y Periodismo en Macalester College, en Saint Paul, Minnesota, en 1967.

Como periodista participó en Diorama de Excélsior, la revista Proceso, donde sostuvo una cercana relación con Julio Scherer. También dirigió la revista especializada Mundo Médico y publicó en Zeta y Frontera de Tijuana; El Vigía de Ensenada y Río Doce de Culiacán. Así mismo en La Jornada y Milenio, con la columna El lobo en su hora.

También vivió en Barcelona donde concibió su primer libro Infame Turba (1971), más tarde Conversación con escritores (1972) ambos incluyen diálogos con autores como Alex Haley, Fernando Benítez, Juan José Arreola, Sergio Fernández, Eduardo Lizalde, Jaime Augusto Shelley, Homero Aridjis, José Carlos Becerra, José Aguilar Mora, Héctor Manjarrez, Claude Fell, Jorge Lavelli, Gabriel Ferreter, Jaime Gil de Bledma, Carlos Barral y, del recientemente fallecido, Juan Marsé.

En los setentas fundó, con sus propios recursos, la editorial La Máquina de Escribir, donde publicó a una nueva generación de escritores mexicanos. En este sello publicaron David Huerta, Jorge Aguilar Mora, Margo Glantz, María Luisa Puga, Carmen Boullosa, Fabio Morábito, Bárbara Jacobs, Antonio del Toro, José María Espinasa, Carlos Chimal y Juan Villoro. Recordemos que cuando Villoro ingresó a El Colegio Nacional llevaba en su bolsillo la edición que le hizo Campbell en La Máquina de Escribir, como amuleto de la suerte. ‘‘Nos quedamos estupefactos porque además rotulaba los libros, los distribuía, es una de las visiones de un hospitalario Federico Campbell’’, dijo el poeta David Huerta, al hablar de La Máquina de Escribir.

Huerta lo ha definido como un ser multidimensional, de una generosidad no sólo en el trato, sino en los hechos y ‘‘de bulto’’. Huerta sostiene que Campbell “hablaba de política y literatura, en ese orden, pero en sus libros siempre conservó ese equilibrio, ese trenzamiento, la circulación de ideas fascinantes en el periodismo, la política y sus narraciones, en sus novelas y cuentos” (La Jornada, 19 de febrero, 2020).

Entre sus obras destacan Pretexta o el cronista enmascarado (1979), Todo lo de las focas (1983), Tijuanenses (1989), Transpeninsular (2000) y La clave Morse (2001). Sus ensayos más reconocidos son La memoria de Sciascia (1989), La invención del poder (1994), Máscara negra. Crimen y poder (1995), Post scriptum triste (1994) y Periodismo escrito (2002). Tijuanenses es considerado un parteaguas en la literatura de Tijuana y Baja California. En su narrativa sencilla y clara están los rasgos originales de nuestra ciudad, a través de sus personajes, de alguna manera allí estamos todos. Federico nos descubrió Tijuana para la literatura, me comentó un amigo editor.

Sin embargo, al Federico que yo recuerdo no está en las reseñas biográficas, sino el cálido y sencillo amigo de largas y entretenidas conversaciones acerca de Tijuana, de la historia de la Revolución Mexicana -coordinó La Sombra de Serrano, primer título que publicó la revista Proceso- literatura, política, cine, periodismo y, por supuesto, mucho béisbol. Generoso y amable con mis hijos, platicador con mi padre, Pedro Ochoa Obregón. Gran conversador telefónico para estar siempre enterado de lo que pasaba en Tijuana, porque siempre tuvo viva la nostalgia por Tijuana. Muy hospitalario en su casa, siempre acompañado felizmente por el amor de su vida, la intensa Carmen Gaytán Rojo. Carmen, ha expresado que fue un privilegio compartir con Federico Campbell 28 años en los que fue su ‘‘compañero de vida, de amor y de café’’.

A Federico le fascinaba volver a Tijuana, se veía en la imagen del regreso a Ítaca, el retorno de Ulises a casa, particularmente la visión poética de Cavafis: “Cuando te encuentres de camino a Ítaca/desea que sea largo el camino, lleno de aventuras, lleno de conocimientos”.  Estoy seguro de que así fue la vida de Federico llena de aventuras y conocimientos, para compartirlos con amigos y lectores.