Fátima

Por Dianeth Pérez Arreola

Un año más joven que mi hija era Fátima Aldrighett; así solemos ponerle rostro a las tragedias que nos llegan casi diariamente: tenía la edad de mi hija, de mi sobrina, de mi nieta, de mi vecina, de mi prima. A Fátima se la llevaron a la salida de la escuela, la violaron, torturaron y asesinaron. Tenía siete años.

Todavía no nos reponemos de la indignación y la tristeza por el nivel de violencia con el que le fue arrebatada la vida a Ingrid Escamilla y ya tenemos otro caso del desprecio y la saña con la que matan a las mujeres en México.

En 2019 casi 4 mil mujeres fueron asesinadas, un promedio de 10 por día. Las cifras han ido en aumento sin importar qué partido gobierna; lo que si permanece sin cambio es la ineficacia de las autoridades para investigar estos delitos. Al dolor de la pérdida, se suma el coraje y la frustración de la impunidad.

Es muy preocupante que además de la violación y el asesinato, la tortura empiece a ser un denominador común en los casos de feminicidio. Este acto de sadismo se traduce de muchas maneras: el desprecio total por la vida de las mujeres, la seguridad de saber que no tendrán que responder por sus actos, el grado de desequilibrio mental que hay que sufrir para ser capaz de hacer algo así.

Pero basta que las feministas mencionen la palabra patriarcado para que los machos de clóset disfrazados de tolerantes se indignen. “Las mujeres también violan, maltratan y matan”, dicen. Sí, pero el 99 por ciento de los condenados por violación son hombres, como también son mayoría los maltratadores y el 95 por ciento de los asesinos.

La pornografía y la prostitución son dos ejemplos de actividades sumamente lucrativas para los hombres mediante la explotación de las mujeres, por más que se haga alusión al libre albedrío de estas últimas. Dice Lydia Cacho en su libro “Los demonios del edén” que hay un camino pavimentado por personas como agentes de migración, empresarios respetables, políticos, policías y banqueros que se benefician de estas empresas sabiendo que están protegidos por la cultura machista.

“La prostitución es necesaria” dicen, y así se normaliza la trata. “La pornografía no es mala, es un desahogo que no daña a nadie”, pero estudios como el de Neil Malamuth demuestra que hombres que no han mostrado un perfil violento ni sexista después de ver pornografía de forma constante comienzan a albergar fantasías de violación. La pornografía debilita las inhibiciones, es la conclusión de otras investigaciones sobre este tema.

Aterrador es el panorama para las mujeres en México, donde las autoridades resuelven unos pocos casos motivados por la presión social y no por su deber y obligación de procurar justicia. Aterradora es también la indiferencia de alcaldes, gobernadores y del mismo presidente ante el tema de los feminicidios. Como dice un post que circula por las redes sociales: si el coronavirus matara a diez mexicanos todos los días, cundiera el pánico. La violencia arranca la vida a diez mexicanas todos los días y ya vemos el nivel de indiferencia que esto provoca en las autoridades.