Expresión de libertad

Por José A. Ciccone

Mañana, viernes 7 de junio, se celebra el día de la libertad de expresión, o día del periodista. Todo lo relacionado con la información por cualquier vía y sus protagonistas, tendrán su merecido homenaje en esta fecha tan especial.

En honor a la verdad no hay mucho que festejar si le echamos un vistazo a los últimos acontecimientos fatales que cobraron la vida de tantos periodistas latinoamericanos en general y en particular de nuestro querido México. Quizás sean estos tiempos para conmemorar y afirmar que la profesión sigue más encendida que nunca y que los periodistas representan la viva voz de las mayorías, por lo tanto, habría que pensar que jamás se acallarán esas voces, porque sería como amordazar a un país entero, o quitarle el genuino derecho a su gente de saber qué pasa en realidad, más allá de muchas versiones oficiales o algunas estadísticas publicadas, no comprobadas. 

Amenazas continuas a los medios y sus actores los periodistas, parecen ser el pan de cada día en este complejo mundo donde vivimos y que nos deja totalmente desprotegidos ante el avance de la violencia en cualquiera de sus manifestaciones. Parecería que hoy investigar e informar con oportunidad es sinónimo de condena inapelable, de ataques irracionales, actos aberrantes y venganzas no postergadas.

La esperanza sigue en pie -más nos vale-, estamos estrenando Presidenta electa y confiamos en sus renovadas gestiones, para que este panorama cambie y los periodistas de buena cepa, que aman esta actividad y siempre la ubican por encima de intereses mezquinos o espurios, puedan trabajar intensamente y expresarse en libertad, así el ciudadano común, ése que hace grande y poderosa a una nación, pueda seguir respirando un ‘aire fresco y renovador’ a través de la información inmediata y veraz que nos proporcionan los profesionales de la comunicación. 

En nuestro país sobran los ejemplos de excelentes periodistas que son pilares de la profesión. Gente honesta y valiente que se enfrentó a gobiernos intolerantes y con estrechez de miras, que respondían con golpes certeros y cobardes las opiniones que les irritaban o los dejaban mal parados ante la sociedad. Es bueno recordar que la considerada primera periodista de México fue Leona Vicario, la notable heroína de la Independencia, que tenía formación en artes y Lenguas, Bellas Artes y Ciencias, una mujer con un enorme sentido crítico. Publicó en varios importantes periódicos de la época. A ella le debemos los primeros impulsos de la causa libertaria, que iniciaron el camino y ejemplo, para varias generaciones de magníficas plumas periodísticas que enaltecieron el gremio en nuestro país y dieron hasta sus vidas, por mantener la libre expresión de la que jamás debemos alejarnos.   

La investigación periodística

La mayoría de los grandes periodistas norteamericanos que actuaron entre las décadas del 20 y del 30 tenían como lema -y lo transmitían a sus alumnos- la pasión por los hechos y el dato preciso. Su frase más repetida era: “Lo primero que tiene que aprender el estudiante de periodismo es mirar y registrar en su cuaderno cada una de sus puntuales observaciones, conseguir más y más datos, y olvidarse de formular opiniones”. Todavía no se usaba la palabra objetividad, pero tenía su equivalente en la palabra hechos. La recolección obsesiva, más la agrupación minuciosa de hechos y datos convirtió al periodista en una especie de cámara fotográfica frente a la realidad. Además, los muy habilidosos en la búsqueda de hechos y de datos alcanzaron, frente a la sociedad de su tiempo, un nivel social comparable al de los científicos, los exploradores, los historiadores, o los arqueólogos. A partir de esa tendencia, la doctrina sagrada del periodismo anglosajón se enunció así: “Los hechos son sagrados, las opiniones son libres”. Pero en plena segunda guerra mundial, Henry Luce, el fundador de Time y de Life, promovió una comisión sobre la libertad de prensa cuyas conclusiones, anunciadas en 1947, produjeron un gran escándalo en la profesión periodística. “La prensa -se dijo-, tiene una responsabilidad social y por lo tanto no se puede limitar a transmitir hechos y opiniones. Es necesario que le ofrezca al público el contexto de las noticias, explique su significado y vaya más allá del simple esqueleto de los sucesos”. El 9 de febrero de 1950, un episodio le dio la razón a estas conclusiones. Ese día el senador Joseph McCarthy, líder de las investigaciones contra las actividades antinorteamericanas, que pasó a la historia con el nombre de la caza de brujas, llamó a conferencia de prensa y dijo que tenía en su bolsillo una lista de los 205 comunistas que trabajaban en el Departamento de Estado (“ya se cocían habas” por aquella época). Al día siguiente, los diarios de todo el país publicaron esa acusación, pero ningún periodista se preguntó ni preguntó si eran ciertas o falsas. Es decir, la prensa y su pasión por los hechos y los datos se limitaron a cumplir con su misión: informar textualmente las declaraciones de McCarthy. A ninguno de los periodistas se le ocurrió pedirle que mostrara la lista, que leyera los nombres, que demostrara que esas personas efectivamente trabajaban en el Departamento de Estado, que probara que eran comunistas, y menos todavía tratar de hablar con los acusados para oír su versión de los hechos. Tal cual fueron las cosas, esa conferencia de prensa probó, además de las limitaciones de la simple objetividad, de qué modo la prensa, cuando sólo se dedica a informar, puede ser utilizada por los funcionarios: ese día los periodistas fueron un instrumento de McCarthy. A partir de entonces, en las escuelas de periodismo norteamericanas se empezó a hablar de la teoría del iceberg: ya no bastaba -y hasta era muy peligroso- mostrar las partes más visibles de un suceso, porque eso era simplemente dejarse engañar por las apariencias. Empezó a nacer de ese modo el periodismo de investigación, pero no basado solamente en la averiguación de todos los hechos, en la recolección de todas las opiniones sobre una cuestión y en la transcripción fiel de esos elementos: además, al escribir su historia, el periodista tenía la obligación de descifrar la verdad. Poner delante del lector un mero ping-pong de opiniones contrapuestas y de hechos variados, más que esclarecer, confunden.