Expresarse con libertad

Por José A. Ciccone

El pasado viernes 7 de junio se celebró el día de la libertad de expresión, o día del periodista. En algunos países sudamericanos -el día del gráfico-. Todo lo relacionado con la información por cualquier vía y sus protagonistas cotidianos, tuvieron en esta fecha un merecido homenaje.

En honor a la verdad no hubo mucho que festejar si vemos los últimos hechos fatales que cobraron la vida de tantos periodistas latinoamericanos y en particular de nuestro querido México. Quizás sean estos tiempos, mejor para conmemorar y afirmar que la profesión sigue más encendida que nunca, que los periodistas representan la viva voz del pueblo, por lo tanto, habría que pensar que jamás se acallarán esas voces, porque sería como amordazar a un país entero, o quitarle el genuino derecho a su gente de saber qué pasa en realidad, más allá de versiones oficiales o estadísticas publicadas, que pocas veces son cotejadas o comprobadas.

Parecería que hoy investigar e informar con oportunidad es sinónimo de condena inapelable, de ataques irracionales, actos aberrantes y venganzas no postergadas.

La esperanza sigue en pie, -más nos vale-, que este panorama cambie y que los periodistas de buena cepa que aman esta actividad  y siempre la ubican por encima de intereses mezquinos o espurios, puedan trabajar intensamente y expresarse en libertad para que el ciudadano común, ese que hace grande y poderosa a una nación, comience a respirar un ‘aire fresco y renovador’ a través de la información veraz que nos proporcionan los verdaderos profesionales de la comunicación.

La investigación periodística

La mayoría de los grandes periodistas norteamericanos que actuaron, en el siglo pasado, entre las décadas del 20 y del 30 tenían como lema -y lo transmitían a sus alumnos- la pasión por los hechos y el dato preciso. Su frase más repetida era: “Lo primero que tiene que aprender el estudiante de periodismo es a mirar, a registrar en su cuaderno cada una de sus observaciones, a conseguir más y más datos, y olvidarse de formular opiniones”. Todavía no se usaba la palabra objetividad, pero tenía su equivalente en la palabra hechos. La recolección obsesiva y la agrupación minuciosa de hechos y datos convirtió al periodista en una especie de cámara fotográfica objetiva frente a la realidad. Además, los muy habilidosos en la búsqueda de hechos y de datos alcanzaron, frente a la sociedad de su tiempo, un nivel social comparable al de los científicos, los exploradores, los historiadores, o los arqueólogos. A partir de esa tendencia, la doctrina sagrada del periodismo anglosajón se enunció así: “Los hechos son sagrados, las opiniones son libres”. Pero en plena segunda guerra mundial, Henry Luce, el fundador de Time y de Life, promovió una comisión sobre la libertad de prensa cuyas conclusiones, anunciadas en 1947, produjeron un gran escándalo en la profesión periodística. “La prensa –se dijo- tiene una responsabilidad social, y por lo tanto, no se puede limitar a transmitir hechos y opiniones. Es necesario que le ofrezca al público el contexto de las noticias, explique su significado y vaya más allá del simple esqueleto de los sucesos”.

El 9 de febrero de 1950, un episodio le dio la razón a estas conclusiones. Ese día el senador Joseph McCarthy, líder de las investigaciones contra las actividades antinorteamericanas, que pasó a la historia con el nombre de la caza de brujas, llamó a conferencia de  prensa y dijo que tenía en su bolsillo una lista de los 205 comunistas que trabajaban en el Departamento de Estado (“ya se cocían habas por aquella época”).

Al día siguiente, los diarios de todo el país publicaron esa acusación, pero ningún periodista se preguntó ni averiguó si eran ciertas o falsas. Es decir, la prensa y su pasión por los hechos y los datos se limitaron a cumplir con su misión: informar textualmente las declaraciones de McCarthy. A ninguno de los periodistas se le ocurrió pedirle que mostrara la lista, que leyera los nombres, que demostrara que esas personas efectivamente trabajaban en el Departamento de Estado, que probara que eran comunistas, y menos todavía tratar de hablar con los acusados para oír su versión de los hechos. Tal cual fueron las cosas, esa conferencia de prensa probó, además de las limitaciones de la simple objetividad, de qué modo la prensa, cuando sólo se dedica a informar, puede ser utilizada por los funcionarios: ese día los periodistas fueron un instrumento de McCarthy y sus maquinaciones.

A partir de entonces, en las escuelas de periodismo norteamericanas se empezó a hablar de la teoría del iceberg: ya no bastaba -y hasta era muy peligroso- mostrar las partes más visibles de un suceso, porque eso simplemente dejarse engañar por las apariencias. Empezó a nacer de ese modo el periodismo de investigación, pero no basado solamente en la averiguación de todos los hechos, en la recolección de todas las opiniones sobre una cuestión y en la transcripción fiel de esos elementos: además, al escribir su historia, el periodista tenía la obligación de descifrar la verdad. Entretener como un novelista e informar con la precisión de un periodista.