Exorcizar al demonio germano

Por Daniel Salinas Basave

Alemania habita en la zona profunda del subconsciente, ahí donde yacen los traumas ancestrales, y tuvo que venir Chucky, un muñeco de las pesadillas, a desfacer el entuerto y exorcizar al demonio.

En 1978, cuando fue el 6-0 en Córdoba y el 3-3 de nuestros fallidos porteros (empatamos: a mí también me metieron tres goles, le dijo Pedro Soto a Pilar Reyes) yo era aún muy pequeño para dimensionar la cartografía del infierno. Bendita inconsciencia infantil.

El Panzer germano aguardaba para coronar el final de mi educación básica. El 21 de junio de 1986, día que me gradué de primaria, Alemania nos eliminó en el estadio de mi equipo, los Tigres de la UANL, la cancha en donde transcurrió buena parte de mi infancia y adolescencia. Imborrable el nombre del árbitro colombiano, Jesús Díaz Palacio, el gol anulado al Abuelo Cruz y los tímidos penales de Quirarte y Servín a las manos de Schumacher.

En plena euforia mundialista llegó mi primera graduación y a mí me tocó dar el discurso final a nombre de mi grupo. La tarde en que ensayábamos el festival del fin de cursos en el teatro, España estaba despedazando a Dinamarca en la Corregidora de Querétaro con cuatro goles de Butragueño y el sábado en que recibí mi certificado de primaria, México se inmoló ante Alemania en el infierno de los penales. El futbol, me quedó claro, es un ritual de injusticia donde no siempre gana el bueno. Ya en plena modorra vacacional vi a Maradona levantar la copa. En la final me puse la camiseta de Argentina, pues pensaba que por solidaridad latinoamericana le correspondía a la albiceleste vengar la derrota mexicana ante los germanos.

Doce años después, siendo ya un reportero de El Norte, creímos que Luis Hernández iba a lavar la afrenta en Francia, pero el Matador no supo matar a los alemanes y Klinsmann y Bierhoff voltearon la tortilla del lado siniestro. Desde entonces asumimos a Alemania como una encarnación del imposible, una marca indeleble de derrota. Hay lozas paradigmáticas  que parecen irrompibles y destinos de tragedia griega ataviados con el traje de lo irrenunciable.

Hoy, que se ha movido un eje de la Tierra y se ha alterado el orden del Universo, no sabemos exactamente qué hacer y ahora temo que nos sentiremos culpables de ser felices y la borrachera emocional puede ser tan grande, que acaso nos cueste el tropiezo contra coreanos y suecos. Que la boca se me haga chicharrón.

El futbol es popular porque la estupidez es popular dijo Jorge Luis Borges, que consideraba a este deporte como una pasión de monos descerebrados. Borges podría ser nombrado santo patrono de los intelectuales antifutboleros. Antes de Fontanarrosa, Soriano, Villoro, Galeano y Caparrós, un escritor aficionado al futbol era un ave rara. Que Albert  Camús haya sido arquero en el Racing de Argel y Benedetti haya escrito uno que otro cuento sobre futbolistas, no era suficiente para que el futbol fuera tomado en serio en mesas redondas de intelectuales.

He escuchado a muchos cuestionar la naturaleza de esta pasión ‘narcotizante’. Sí, lo sé: ser aficionado a un equipo es uno de los actos más absurdos dentro lo absurda que ya es de por sí la condición humana, pero esta absurdísima pasión hace inmensamente disfrutable la existencia.