Este 2020 ya se nos fue 

Por Daniel Salinas Basave

Septiembre ya está aquí y con él la certidumbre de que el 2020 ahora sí se nos ha escapado. A estas alturas, ya nos hemos ido haciendo a la idea de que acabaremos utilizando tapabocas con motivos navideños y que recibiremos el 2021 inmersos en la supuesta sana distancia.

Tradicionalmente, la irrupción del último tercio del año, el de los meses terminados en “bre”, marca el sprint final de la carrera. Primero aparecen las banderas tricolores en las esquinas, poco después el otoño dirá presente, los días se irán acortando y en un abrir y cerrar de ojos las decoraciones navideñas se apoderarán del espacio. Por alguna extraña razón, enero y febrero suelen correr lentos pero a partir de septiembre ocurre lo contrario: el tiempo se acelera y de pronto, sin decir agua va, irrumpe el final del año.

Cuando en casa  iniciamos la cuarentena, el viernes 13 de marzo, yo ilusamente calculaba que antes de un mes habríamos recobrado nuestra vida normal. Teníamos vacaciones ya pagadas en Semana Santa y tuvimos que posponerlas para agosto. Llegó agosto y tuvimos que posponerlas para noviembre. Ahora llegará noviembre y cada vez veo menos probable que podamos viajar.

Cuando comenzamos el encierro, yo estaba particularmente ilusionado con la charla que daría el 23 de abril en la Capilla Alfonsina de la UANL en la celebración del Día del Libro y la Lectura, para la cual faltaban entonces cinco semanas. Días antes, el 18 de abril, estaría presentando El Samurái de la Graflex en el Festival of Books de Los Ángeles. Crucé los dedos y pensé que tal vez para mediados de abril esta pesadilla habría acabado y podríamos continuar sin problemas con nuestro camino de vida. Al final, todo terminó en un mensaje virtual. También estaba emocionado con la invitación a la Feria de Mérida en la segunda semana de mayo. Pensé que para entonces ahora sí se habría acabado esta mala broma y que sin duda ya nadie estaría pensando en virus coronados, pero llegó mayo y seguíamos encerrados.

El tiempo transcurre de manera extraña. Podría creer que las horas son lentas y corren a paso de tortuga, pero de pronto reparo en que estamos a punto de cumplir seis meses usando tapabocas. Medio año que ha sido como una mentirosa ráfaga de viento. Un tiempo fuera del tiempo, un paréntesis bipolar en donde no acierto a determinar si los días se arrastran, caminan, corren o simplemente se diluyen como humo de cigarro o arena entre los dedos. Los minutos se disfrazan con la máscara de la quietud pero de pronto me doy cuenta que confundo los primeros días de marzo con la semana pasada y como los días son casi idénticos,  ya no puedo determinar con precisión qué fue primero y qué después.

Hubo un tiempo, cada vez más lejano, en que dábamos abrazos, apretones de mano y saludábamos de beso a las mujeres. Hubo una época en que podía estar en un concierto, en un estadio de futbol, en la barra de un bar, en un puesto de tacos  o en un montaña rusa entre decenas o cientos de personas que gritaban y esparcían saliva sin que ello nos provocara pesadillas. ¿Nos será dado volver a vivir la vida como la vivíamos? Sin duda no en este 2020 que ya se ha dado a la fuga.