Especie ya extinta 

Por Daniel Salinas Basave

De pronto, tengo la certidumbre de pertenecer no a una especie en extinción, sino a una ya extinta, de formar parte de un pasado que el tren bala de la Historia ha dejado atrás en una estación perdida en el desierto. Creo que una de las grandes obsesiones de mi vida tiene que ver con la extinción de oficios y formas de vida y la manera en que el espíritu de la época, como un torrente imparable, va arrastrando todo a su paso.

Me llama mucho la atención cómo millones de seres humanos vivimos en un mundo sometido a una híper aceleración constante donde lo que aprendimos en la juventud parece haber caducado. El suelo que pisamos ya no es firme y las reglas del juego cambiaron. Bueno, cambiaron no sólo las reglas sino el juego completito.

Ahora jugamos a otra cosa. Pienso en los millones que en el último año perdieron sus empleos o vieron quebrar sus negocios sin poder salvarlos. Pienso en que aunque al mundo le sobren profetas, aún no tenemos una idea clara de lo que viene en el futuro mediano. A veces creo que somos los últimos representantes de un mundo antiguo y obsoleto que está a punto de convertirse en olvido.

A mediados de los 90 irrumpió en el panorama editorial El horror económico, un demoledor ensayo de la francesa Vivian Forrester que en su momento dio mucho de qué hablar. Más allá de su rabiosa carga globalifóbica en un tiempo en que el neoliberalismo aún estaba sentado en los cuernos de la luna, el ensayo resultó ser profético.

Publicado por el Fondo de Cultura Económica, el libro de Forrester planteaba -palabras más, palabras menos-  que el nuevo proletariado ya no serían los obreros o los campesinos, sino los millones de seres prescindibles, los innecesarios. A lo largo de la historia de la humanidad, el explotado siempre jugó un rol en la base de la pirámide socioeconómica: esclavo, siervo, peón, trabajador. Hoy ya ni siquiera le es dado jugar el papel de oprimido, porque el sistema simplemente ha dejado de necesitarlo y lo desecha.

Hay una masa integrada por millones de seres que no tienen ni podrán aspirar a tener un sitio en el engranaje de la fuerza productiva. Tu lugar en el escalafón laboral lo ocupa ahora una computadora y un robot ha usurpado hasta las funciones creativas. Vaya, digamos que si una máquina es capaz de escribir un poema, entonces la conclusión es que ya no tengo nada que estar haciendo aquí. Llegará el momento en que apostar por la prosa como herramienta para comunicar ideas y narrar historias será visto como el non plus ultra de lo obsoleto.

Aunque parezca ciencia ficción, no andamos tan errados si afirmamos que podemos estar integrando las últimas generaciones de homo sapiens no modificados e intervenidos genéticamente con inteligencia artificial, con nano chips ocupando el lugar de células y con un engranaje neuronal computarizado. Aún es temprano para afirmarlo, pero acaso somos los últimos integrantes de una especie que pronto será vista como casi prehistórica. Somos un inmenso afuera, una región límbica, un ayer anticipado, un olvido prematuro.