Esencia de morado

Por Ana Celia Jiménez Pérez

Fue una tarde, no, fue una noche cuando decidí mandar todo al carajo, las cantaletas que me sabía de memoria y hacían eco en mi cabeza, de gente pasada, presente y algunas que otras imaginarias. Fue como hacer limpia, abrir prisiones y echar a todos fuera, a mis rehenes, a mis huéspedes, a mis fantasmas y a mis conceptos de fábrica. Aturdida de todo, estando sola, sintiéndome nada, porque lo contrario y opuesto siempre se encuentran en algún limite, en alguna frontera, en algún tiempo. Quería y sentía mover todo cual desesperada buscando algo, algo que sentía enormemente que me faltaba, ¡podría ser un botón!, ¡podría ser un libro!, ¡podría ser el acta de mi nacimiento!, pero en ese momento no lograba saberlo, pero eso no cesaba la búsqueda.

Abrí viejas puertas, cajas, moví muebles, el recuerdo de todos los que habían estado dentro mío me espantaba, me acosaban como sombras, repetían mi nombre como si quisieran gastarlo o que me hartara, más decidí ignorarlos, no iba alargar este proceso, este proceso que era como sed, como ira, como desesperación por algo, por alguien que el futuro no me regalaba en pistas o claves y yo solo como sabueso en mitad del campo. Deshoje todos mis diarios, los pobres quedaron allí tendidos como gallinas listas para hacerlas mole y nada, no soltaban nada y yo perdida, perdida en la desesperación de no tener rumbo, mapa, una meta, solo pura, mera corazonada.

Y finalmente cuando decidí sentarme, en ese espacio entre la razón y la cavidad orbitaria respiré un poco, vi a una que otra idea pasar detrás de mí, pude apreciar cómo se formaban, cómo adquirían color y forma y después cual mariposas echaban a volar, ¡vaya! Me dije así es como me llegan. Después, una pequeña burbuja gris comenzó a flotar alrededor de mí, como si “curiosara” con saber quién era yo y ahí caí en cuenta que esa que me contemplaba era una duda, una duda que apenas comenzaba a nacer, debo admitir que estar dentro de mi ser era fascinante pero un poco confuso, pero mi misión si es que era una, aún seguía inconclusa, de eso era lo único que podía estar segura.

Ya vacía, en un lugar vacío si es que así se le podría calificar, me di cuenta como un acertijo que se descifraba que quedaba yo, yo y todo eso que quería, que pensaba, que deseaba, que me movía, que me apasionaba, sin más, sin preguntas, sin opiniones ajenas, sin invasores. Y de repente ese espacio se tornó en un gran cuarto, después en un gran salón y de ahí en segundos escaló a ser un gran mundo, un mundo que resultó mío y yo ahí sola entendiendo tan poco, pero sintiendo el abrazo del todo ese todo que me esperaba, como un enorme reino o algo parecido que había despertado porque ya había llegado quien lo reinara.