Escuchando a Tchaikovsky

Por Ana Celia Pérez Jiménez

¿Tendremos un propósito en esta vida?, ¿uno específico y por lo que somos esta versión y con estos personajes en escena?

En el día a día me encuentro haciéndome estas preguntas. No sé si he cometido el propósito de esta vida, de este nivel, de esta versión que tiene nombres y apellidos.

Ignoro si he adquirido o he aprendido lo que debía o quizá si he sido la pieza clave para el cometido de alguien y ser parte de un mayor destino en una cadena de sucesos.

Hago e intento lo mejor y lo que debo porque lo disfruto, porque me siento yo entre cada cosa que cometo y cada palabra que de mí brota cuando lo hago con pensamiento y reflexión; no siempre todas mis palabras son prudentes, positivas, bien logradas o producto de una gran meditación.

Sigo siendo practicante de una mejor persona, pero todavía no llego ahí, tengo impulsos terribles, vicios que me acechan como las sombras al caer el sol y patrones repetitivos como si pudiera sentir la aguja que me hace tocar la misma melodía una y otra vez conociendo cada estrofa; pero no quiero hoy hablar de lo complicado.

Pero dentro de todo, entre todos y entre mí, hay segundos, minutos e incluso cuando soy afortunada hasta horas que puedo sentir que soy eso, esa partícula de luz que se desprendió de algo, de alguien, que lleva la nota exacta, el tono, el aroma y el sabor de lo que debería ser lo que vive y esos momentos que son escasos y anhelo que sean más frecuentes y eternos me siento nacida, viva en los dedos, conectada a Dios y a todo eso que en mis horas más oscuras jure no creer.

No hay divinidad que al tocar al ser no lo haga percibir lo subliminal del llamado, de la vocación, del ser asertivo, de sentir que eres la llave de alguna cerradura sea grande, pequeña o universal. Sentir que mi presencia está viva y electrificada porque debía y merecía ser así y después puedo dormir, soñar y dar vueltas, descansar en las pestañas de un piano, en el cisne que muere después de haber danzado.

Quiero imaginar que tengo un significado, ser el granito de arena que le parpadea al sol y tal vez ser confundida como el oro de los tontos. Y al final me guardan en un frasco, como un recuerdo de arena, de un escape, del tiempo.