Escribir es ser otro

Por Daniel Salinas Basave

Escribir es ser otro. Es otra persona (o acaso sea una horda) quien desparrama las palabras prófugas. Hay una suerte de esquizofrenia en el vicio escritural. Son muchas las voces yacientes en la cueva del subconsciente. A veces hablan al mismo tiempo, desgarradas en una cacofonía a la que intentó (sin mucho éxito) ofrecer un digno exilio a la estepa del papel en blanco, donde con un poco de suerte y alguna pizca de ese arrebato que algunos llaman inspiración, serán transformadas en palabra escrita.  Pero en el trayecto hacia el exilio de tinta, esa voz sufre mutaciones y cuando finalmente se produce la metamorfosis en letras, hay sobre la estepa blanca una criatura a la que a menudo cuesta reconocer. Una criatura que en nada se parece a la lumbre que ardía en el pozo interior. ¿Quién diablos ha escrito esas palabras? ¿Habitaba acaso ese absurdo personaje dentro de mí? Escribir es transformarse, enmascararse. O acaso escribir sea aceptarse poseso y resignarse a vivir habitado por entes externos.

Escribir puede ser un exorcismo o un intento de armisticio con nuestros demonios. Escribir es liberarlos y ponerles nombre. Nuestros diablos compañeros se vuelven personajes, pero también se vuelven mundos, atmósferas. Cada uno tiene una voz distinta. Los hay vulgares, sencillos, furiosos o elegantes. Cada uno lleva consigo un caudal de obsesiones, tercos pensamientos y emociones que, disfrazadas con el mentiroso traje de las palabras, intentan crear universos alternos.

La mejor escritura suele brotar sin pluma ni teclado de por medio y su territorio natural son las caminatas. Estoy a punto de decir que también brota sin palabras, pero el lenguaje es una lapa terca. Aún en el más demencial e inconexo ritual de libre asociación de imágenes y sensaciones las putas palabras están ahí. De acuerdo: las palabras son imprescindibles, pero la pantalla o el papel son meros recipientes.

La prosa suele brotar caminando. Es en la fase errabunda cuando todo irrumpe en catarata. Escritura errante, compulsiva, imparable. Los conceptos revolotean alrededor como mil pajarracos. Sus graznidos lo inundan todo y sus alas llegan a tocar mi cara. Voy caminando y voy escribiendo. A veces, si la situación lo permite, anoto alguna palabra en el cuaderno, una vaga idea. El cuaderno es la red con la que  intento (y muy de vez en cuando consigo) cazar un pájaro al vuelo que al ser transformado en palabra y encerrado en la jaula del papel parece perder su rabia y su esencia. Lo que aparentaba estar lleno de vida se revela hueco e insuficiente.

Lo peor ocurre al llegar a casa y sentarme frente a la computadora. De pronto los mil pajarracos se han transformado en niebla o humo de cigarro. No hay ya aleteos ni graznidos insinuando una historia desgarradora. Sobre mi escritorio quedan algunas plumas recogidas del suelo y con ellas intento invocar a la prófuga parvada. Es inútil. El demencial cuento que escribí caminando se ha hecho humo. Nada queda entre mis manos. Mis dedos danzan torpes sobre el teclado. Las palabras brotan sosas, burocráticas, vacías e insuficientes. En mi inventario sólo tengo eso: palabras-ladrillo, palabras-lego que no me sirven de nada.

Al final queda por herencia un dilema o acaso sea una fatal certidumbre: el que escribe es otro. Hacer o deshacer no depende mí. Alguien más -deidad o demonio- decide cuándo desparramar palabras y cuando cerrar la llave.