Escribir a mano

Por Daniel Salinas Basave

 

Durante años solamente escribí a mano. La expresión de mi puño y letra iba en mi caso mucho más allá de un lugar común. El problema es que en cuestiones de motricidad mi mano ha sido siempre un desastre y la caligrafía desparramada en el papel fue un homenaje a la catástrofe.

Aún así, con pluma y papel he ido liberando por ahí millones de palabras que jamás tendrán lector por la simple y sencilla razón de que nadie podrá descifrar un amasijo de patas de araña.

El mejor candado para garantizar la privacidad de mis diarios íntimos es la imposibilidad de leer una sola palabra. Esa escritura autista me acompañó a lo largo de toda mi juventud, pues mi relación con las computadoras comenzó muy tarde.

A mediados de los noventa mis padres me regalaron una máquina de escribir marca Brother pero aún no estaba demasiado acostumbrado a teclear, así que seguía recurriendo a mis plumas Bic casi secas y a mis cuadernos cuadriculados sobre los que intentaba dar forma a textos que juraban ir más allá de un exabrupto.

A mano escribí los primeros textos que publiqué en un medio impreso, en el lejano 1993,  y a mano escribí lo que intentó ser una novela que trabajé en el taller literario  de mi maestro Rafael Ramírez Heredia.

Cuando necesitaba pasar en limpio un texto entonces pedía prestada una computadora, pero aquello no dejó de ser algo atípico hasta mediados de los noventa. Los teclados comenzaron a formar parte de mi vida diaria desde el momento en que empecé a trabajar de tiempo completo como reportero.

A partir de ese momento me convertí en un tundeteclas, alguien que suele escribir miles de palabras al día con velocidad de mecanógrafo. Un día de 1976, un joven Paul Auster compró en 40 dólares una vieja máquina de escribir marca Olimpia modelo 1962.

En ese cacharro usado, casi de desecho,  Auster ha escrito su obra completa. Novelas, ensayos, guiones de cine han salido de esa vieja máquina a lo largo de casi 40 años.

Lo obvio es pensar que en ese vejestorio hay una suerte de embrujo, un pacto con la magia. Ignoro si Auster será capaz de hacer germinar una obra en un artefacto distinto. 

Tal vez no llego a niveles tan obsesivos, pero yo también tengo un cacharro que funge como el mejor aliado de mi inspiración, la vieja y golpeada computadora barata en la que escribo este texto.

En esta aporreada máquina cuya pantalla suele distorsionarse cada cierto tiempo, cuyo dorso está roto y cuya batería hace años que dejó de funcionar, he escrito los cuatro libros que a la fecha he publicado en mi vida.

También he desparramado aquí más de 200 columnas Mitos del Bicentenario, mil y un colaboraciones diversas, correos de urgencia, contratos, informes, comunicados, por no hablar de los exabruptos literarios aún no publicados.

Si en mi vida ha habido una máquina con la que he tenido una relación pasional, es esta vieja Eee PC, cuya sustituta he comprado el día de ayer.

No sé si estoy cometiendo un sacrilegio, como un guerrero que se desprende de su espada de mil batallas. Lo cierto es que estos podrían ser los últimos párrafos que escribo en mi vieja máquina.