Escribiendo sobre la línea

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Me he dado cuenta como puede llegar a ser desgastante engancharse en la vida del otro, sea que lo compartan o sencillamente que uno observe por algún interés en particular, del cual no es necesario elaborar. Nos debemos recordar constantemente que todos, absolutamente todos hemos pasado por una serie de eventos que nos han llevado a lo que conocemos como el “presente” y en base a ese pasado somos lo que somos, sentimos de la forma que lo hacemos y buscamos o dejamos de buscar ciertas emociones o eventos. Entonces es ahí donde se vuelve a veces tan irrelevante el consejo, el casi mandato por querer que el otro haga, diga o quiera lo que uno quiere. Tenemos que aceptar que no está en ellos ver más allá de la propia experiencia y es válido lo que sea que sientan y quieran, de acuerdo a la vida que han tenido.

Y en ese momento que sueltas, sabes que no hay nada, absolutamente nada que puedas hacer, porque el otro está viviendo su vida y hay escenas que tiene que presenciar, emociones que sentir, paradas que debe hacer antes de llegar a su destino o propósito fundamental.

Escuchar es lindo y sentirse escuchado, uno libera tanto, cuál olla de presión; pero es saludable y necesario quedarnos en eso y dar la opinión cuando se solicite, como cuando nos dicen que probemos un bocado para ver si necesita más sal, justo así y nada más, sin involucrar la energía, que el interior acepte su propio límite y el comienzo del otro.

No es desapego, es respeto y fluidez de esa que mucho se menciona, pero poco se entiende. Últimamente se han vuelto normales esas reglas de vida que vemos que todos alientan y fomentan, y suben en sus plataformas virtuales.

La realidad es que no hay reglas de vida, todos estamos jugando un poco a saber qué hacemos, es más de improvisación que sabiduría, es más experimento que certeza.

Sin dejar atrás la programación que la edad, el tiempo, la familia y costumbres nos van dando. Está en uno darse cuenta y cuestionar las actitudes y aprender el perdón en primera persona, en todos sus tiempos y formas, que un perdón bien logrado impulsa y no atora.

Es tan sencillo decir  que la vida es sencilla, eso último siempre será de dientes para afuera.