Esa embrujada gimnasia neuronal

Por Daniel Salinas Basave

Nada más ajeno a mi personalidad que desempeñar el papel del típico señor biempensante perorando como merolico el buen hábito de la lectura. 

Y es que para bien o para mal, la lectura forma parte del universo de lo políticamente correcto, de lo que se “debe hacer” para ganarte una estrellita en la frente. 

De una forma u otra, todas las figuras de autoridad se han puesto de acuerdo para decirte que “debes leer”.  

El pequeño problema es que muchas de esas figuras de autoridad, sobre todo los políticos y funcionarios que en sus discursos exaltan el hábito de la lectura, son personas que jamás han leído un libro en sus vidas o por lo menos jamás lo han hecho por placer. Yo odiaría llegar a sonar como una de esas personas, sobre todo porque me parecen profundamente hipócritas. 

Te lo juro: jamás me escucharás decir “los video juegos son muy malos y los libros son muy buenos” o “deja el iPad y el celular y ponte a leer un libro”. Yo nunca te diré algo así. 

Lo que sí te diré, con total convencimiento, es que un libro puede ser tan o más fascinante que el videojuego más divertido. 

Está muy bien que juegues Minecraft o Fortnite, pero te prometo que si le das la oportunidad, un buen libro puede generarte un mismo nivel de emoción y abstracción. 

¿Significa eso que son malas las campañas de promoción de la lectura y que están condenadas al fracaso? No necesariamente. Ninguna estorba, pero casi ninguna ha tenido éxito. 

Hay unas más creativas que otras, pero el meollo del asunto es que el gusto por la lectura debe entrar por inducción o por contagio, no por obligación. 

Sería muy difícil, por no decir imposible, que yo pueda motivarte a hacer algo que a mí me aburre hacer.  

No creo que una persona que nunca lee o que no lee por placer, pueda lograr que tú te emociones al abrir un libro. 

Leer se vuelve entonces una tediosa tarea que debes cumplir para aprobar la materia y obtener la palomita.  

“Lee veinte minutos al día”, te dicen y ante semejante orden, lo más probable es que te pongas a leer con el cronómetro en la mano y al minuto 21 soltarás el libro como si te quemara las manos.  

Ese tipo de órdenes me recuerdan a quienes se obligan a darle tres vueltas a una cancha para estar en forma y lo hacen con terrible cansancio y falta de ganas. 

Cierto, cuando estás fuera de forma y has pasado mucho tiempo con tu cuerpo estacionado, empezar a hacer ejercicio puede ser algo así como una tortura o una penitencia 

Sin embargo, cuando pasan los días y tu sigues constante en tu rutina, tu cuerpo se irá adaptando poco a poco y tu corazón entrará en ritmo. Una vez que has encontrado el ritmo cardiaco, hacer ejercicio dejará de ser una condena y se convertirá gradualmente en un placer, hasta que llega el momento en que no puedas dejar pasar un día sin hacer ejercicio, porque tu mismo cuerpo te lo pide. 

Pues bien, con la lectura pasa lo mismo: tienes que agarrar tu cardio lector, dejar que el ritmo fluya. Dale tiempo, tenle paciencia. Ya llegará. La clave es encontrar la lectura adecuada, ese libro que haga clic contigo.