Entre dos mares

Por Daniel Salinas Basave

El pasado 23 de enero, recibí un helado y lluvioso amanecer en Playa Altamira, frente a la terca furia del Océano Pacifico. Cuatro días después, bajo el bravísimo sol del mediodía del 26 de enero en Bahía de los Ángeles, el Mar de Cortés nos dio la bienvenida con su serena caricia. Lo fascinante, es que la travesía a través del desierto entre los dos mares, la realizamos enteramente a pie.

Hoy puedo decirles que estos dos mares abrazaron una transformación interior. Entre rocas, arena y un millón de cactáceas se desató una tormenta en mi cabeza y sucedió algo: me reencontré con mi cuerpo. Esta terca anatomía es muy noble y tiene memoria. Estas piernas y este corazón aún se acuerdan que hace muchos años y muchísimos kilos fui un buen ciclista y jugué futbol y podía hacer estallar una bomba de endorfinas cuando batía mis propios límites.

Si el 1 de enero alguien me hubiera dicho que iba a conseguir caminar 110 kilómetros por el desierto, simplemente no lo habría creído. Cuando mi amigo Carlos me habló para invitarme a formar parte de este reto, yo estaba seguro que mi destino sería morir en la arena y cuando mi amigo Luis Fernando me llevó a comprar mis nuevos tenis y a mandar hacer mis plantillas, yo me imaginaba que me estaba preparando para un suicidio.

Soy un mastodonte que peso más de 100 kilos y estoy por cumplir 50 años de edad, pero hoy puedo decir que crucé la Baja California de mar a mar valiéndome tan solo de mis piernas. Hundiendo los pies en el lodo el primer día, trepando laderas de piedra y peinando planicies de arena, los músculos me mandaban la señal de que estaban a punto de engarrotarse, pero esa palabra de aliento de algún colega senderista y un gajo de naranja bastaban para hacerme volver a la vida.

Por muchísimos kilómetros caminé solo, en profundo diálogo con mis demonios internos, pero también en muchísimos tramos caminé con colegas senderistas y de todos aprendí algo. Es contagiosa la siempre positiva hiperactividad de Carlos que tiene el don de impulsarte a ser mejor persona y la capacidad de formar grandes equipos y hacer brotar lo mejor de cada uno. Impresionante la fuerza de voluntad y la nobleza de Luis Fernando que ha sido mi Sensei en este gran reto. Y créanme colegas, de cada conversación aprendí algo.

Yo creo que hay quienes pagarían muchísimo dinero por tener un seminario de excelencia empresarial con Don Alejandro Bustamante y yo pude escucharlo sin interrupciones en el desierto, como escuché a Raúl Cárdenas hablar de las ciudades sustentables del futuro, a Camarillo hablando de marketing político y a su hermano Hugo de rescates de migrantes en la Rumorosa. Emocionante hablar de templos futboleros y herencia euskera con Iker, de proyectos cinematográficos con Abelardo o de la simbología en la fundación de las antiguas ciudades con Adolfo y el gran equipo Val Quirico de Puebla o de recetas campiranas con el chef Xavier Loera.

Mi gratitud con Raúl Argüello y su gran equipo en Baja Camping. Su calidez y hospitalidad fue la clave. Se los juro colegas: el desierto consumó una transformación.

Cuando por primera vez distinguí el brillo azul del Mar de Cortés en el horizonte, experimenté una emoción y una euforia equivalente a cuando Tigres anota gol en una final, a cuando Iron Maiden toca The Trooper, a cuando recibo una llamada para decir que gané un premio literario.

Hoy celebro el reencuentro con mi cuerpo. Sí, soy un mastodonte que pesa más de cien kilos, pero ya no por mucho tiempo. No sé cuántos años me queden de vida, pero en lo que reste del tramo voy a vivirlos en armonía con esta anatomía y voy a sumarle miles de kilómetros a mis piernas. Ya no hay vuelta atrás colegas. El fuego ya está encendido. ¡A mantener el Corazón Ardiente!