Ensayar el ensayo 

Por Daniel Salinas Basave

El ensayo literario es libertad. Mi paisano Alfonso Reyes lo definió como el Centauro de los géneros. También podríamos concebirlo como el gran ajolote prosístico en donde caben todos los géneros.

El ensayo parte de una idea o varias ideas, pero al irlas desmenuzando puedes echar mano de la novela, el cuento o la poesía. El ensayo no es periodismo pero se lleva de maravilla con la crónica. El ensayo es ideal para cruzar furtivamente la frontera narrativa.

En el ensayo se vale narrar historias, echar mano de tu anecdotario personal, de tus recuerdos o tus lecturas. Recurrir a personajes de cuento o de novela, a estrofas de poemas o a escenas de películas o a cualquier elemento de la cultura popular que te ayude a expresar mejor una idea.

Yo escribo ensayos a partir de la duda y la curiosidad. Si todo en mí fueran certezas, lo más probable es que no sintiera impulso alguno para empezar a escribir. Escribo sobre temas que llevan un buen rato bailándome en la cabeza, que son tercos y machacones como una mosca panteonera en verano e irrumpen del mar de la duermevela cuando despierto en la madrugada. Escribir es interrogarme e interrogarte. Podría decirte que busco respuestas pero a menudo encuentro más preguntas.

En ningún género soy tan brutalmente honesto como en el ensayo. Cuando escribo ficción soy (como todos) un poco o bastante chapucero, pues al final de cuentas se trata de contar mentiras creíbles e inventar amigos imaginarios y aunque me divierta mucho haciéndolo, no deja de ser una treta.

En cambio, en mi fase de ensayista soy yo pensando en voz alta, hablando solo mientras camino a la deriva o bajo el fresco chorro de la regadera. Cuando escribo ensayo estoy charlando frente a ti en un café o en una cantina. Estoy iniciando una conversación contigo, planteándote mis dudas y mis pensamientos contradictorios.

Aunque la escritura pueda parecer una actividad solitaria, cuando escribo ensayo siempre siento que le estoy hablando a alguien sobre un tema que me obsesiona.

Lo extraño y lo contradictorio es que para mucha gente el ensayo es el género formal por excelencia. La sombra proyectada por la academia es densa y castrante, pues a menudo me encuentro con colegas estereotipan al ensayo como un acartonado mamotreto encorsetado en el calabozo del marco teórico, la metodología, el abstracto, las conclusiones y un inabarcable océano de citas textuales y referencias bibliográficas a pie de página que a menudo acaban por desbordar y sepultar las ideas propias, si es que las hay o alguna vez las hubo.

No pretendo denostar a los académicos y su mundo. Asumo que ellos tienen una labor que cumplir en esta vida y sin duda es respetable. Sucede simplemente que jugamos en divisiones diferentes y por nada del mundo me gustaría jugar en la suya.

Yo estoy aferrado a la literatura porque soy un hedonista vil que solo concibe la lectura asociada al principio del placer, un furtivo pepenador de palabrería, un escapista vocacional. Se trata de imaginar, crear, dudar y hacer dudar. Eso es el ensayo.