En narrador interno

Por Ana Celia Pérez Jiménez

¿De quién soy producto me pregunto?, cuando no me siento resuelta como que el presente no me dice mucho y estoy cansada de abalanzarme al futuro o hurgar como de costumbre en mi pasado que en verdad solo encuentro escenas sobreactuadas y rebuscadas por mis tantos psicólogos y yo. Me identifico y me sé sumamente “terrenea” con destellos de infinita y un tantísimo lunática. Me gustaría ser lineal, ¿saben?, como esas personas que siempre las ves en esplendor en su sencillez, sin arrancones en sus cuadernos y de notas perfectas, con atuendos monocromáticos y elegantes; ¡sí! como esas personas de una sola decisión y que son sensatos y admiro y observo, y obviamente les doy su compartimento y pedestal en mi sala mental de honor, pero no, yo no soy eso, pocas veces rozó esa lucidez, soy indecisa y mi vida cual crucigrama y laberinto, mis gustos llenos de flores y cuadros, cargados de colores y contrastes, mis olores a libros viejos y  mi gusto por lo abandonado e incompleto y todo eso que me deje perpleja a mí y obviamente a mis demonios.

Me veo y pienso: pues a darle que estoy muy lejos de ser la moneda de oro, soy más como tipo cobre verdoso (suena lindo, ¿no?) y me siento a zurcir retazos de mi persona y de esos sentimientos que se han abierto en hebras, en mi eterno sentir adolescente porque eso de la vida adulta lo toco muy pocas veces y solo en definiciones o palabras o por error sencillamente y vago por mi mundo sintiendo que pretendo y solo me aterrizan esos momentos donde es requerido que muestre una identificación para que mi edad apruebe lo que mi cuerpo y hábito hacen y practican.

Me es esencial quererme así, me es necesario aceptarme así, con esta desnudez y sinceridad con la que yo sola me hablo, me es fundamental ser esto que soy a cada momento y no luchar con ello y me es necesario hablar más seguido en primera persona.

Trato de eliminar la urgencia de mi vida y aceptar algunas pautas, frenos y desvíos, dejar de borrar mis inicios de páginas y dejarlo todo, todo lo que es testigo de mi existencia y reflejo del espacio y tiempo que ocupo en este mundo, en este vivir. Ya no debatirme mis gustos y formas, porque soy y listo, sin expectativas o adornos colgantes, soy yo  siendo mi propia consecuencia a cada segundo y querer lo que yo quiero, escribir como yo lo siento, buscar y esconderme a mi antojo, escuchar la misma canción repetitivamente una y otra vez y mis veces necesarias; y en esos momentos que no me encuentro, saber y reconocer que soy yo la perdida, no nadie más. Todo esto es tan sencillo para unos y normal para otros, pero para mí, para mí es un tema que escribo, medito y escribo en una columna.