En mis ojos

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Observar el mundo es uno de mis hobbies favoritos, ver la gente pasar, pasarme, buscar pistas de cómo viven, identificar como cada quien va en su mundo, en su pequeña historia con sus diálogos, formas, supersticiones, moda, maneras, cultura y creencias; pretendiendo ser algo, jugando el rol de ser eso  que decidieron ser, con el humor que en ese momento pensaron tener y lo van reafirmando con cada paso, en sus rostros, formas, tonos y volumen; todos con decisiones tomadas consciente e inconscientemente.

Es divertido como todos nos disfrazamos de un concepto, como unos la jugamos de despreocupación, otros de arrogancia, otros de humildad pero siempre, siempre vamos en una definición familiar y eso tampoco es una crítica, solo es. Yo la juego en este momento a la espectadora y quizá alguien a lo lejos lo hace conmigo y me vuelvo lo observado y calificado.

Los riesgos de ser un continuo observador es la empatía, la conexión que indudablemente y de manera natural pasa, como en esos momentos donde he sentido que mi corazón se achica y exprime de  a poco, esas veces cuando en la mera postura del que pasa se lee tanto dolor, en sus ojos se ven las sombras de las puertas cerradas, hasta por su ritmo al caminar logro imaginar tanto de sus vidas, el rostro de su niñez y el dolor que desde ese momento quizá experimento, vivió y ya es parte de él, y me duele, me duele imaginar la escena, transportarme en mente a ella, me duele su dolor, me duele mi dolor; porque tantos cargamos con tanto que olvidamos su peso y adaptamos nuestro cuerpo a llevar  ello a cuestas, adaptamos nuestro personaje a vivir la consecuencia, nuestras facciones cambian y son gramática de esas palabras hirientes que guardamos y nuestro miedo ese vidrio entre nosotros y lo que debería y podría ser. Me duele porque observo, me duele porque entiendo, me duele porque cada escena me cuenta algo y  me duele porque el resto me lo invento. 

Ver la interacción de los padres y sus hijos, siempre en ese momento como que afino la oreja y me gusta escuchar con las palabras que les hablan, qué les van diciendo, cómo se dirigen hacia ellos, cómo los van programando, como quieren reflejarse en sus hijos y como parece que quieren medirlos con la misma vara que son medidos, quieren muchas veces llevarlos a su “perfección de adultos”, no los dejan ser ellos, quizá a esos adultos también algo o alguien los está deteniendo, algo todavía se les está negando; es curioso como veo que buscan el elogio hacia sus hijos y la aceptación hacia ellos cuando en verdad eso no es tan importante (cosa que yo tarde años en caer en cuenta). No sé, eso de observar, ver rostros e inventar historias es entretenido, me divierte, pero a veces me turba, porque me veo en ellos, me vuelvo espectadora de lo que me relaciono y en lo que me identifico, ya que solo puedo leer con mi conocimiento e identificar lo vivido y lo que sé o al menos creo saberlo. Espectadores de la vida, de los humanos, que curioso ser tantos, tan juntos, tan llenos y estar tan separados esperando una catástrofe que nos haga bajar la ventana de nuestra nave y decirnos hola.