En las noches también amanece

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Me gustan las noches, sean fuera o dentro de casa, últimamente son dentro como las de la mayoría supongo, pero sí, las noches en general son mis favoritas. Hay algo que encuentro tan privado, tan único, como si el mundo se solidifica al igual que mis pensamientos y deja de titubear, de jugar con las ideas, con algo de culpa, con algunos recuerdos. Las noches las encuentro menos amenazadoras, como que no me piden absolutamente nada y me dejan ser, no hacer, estar sin mayor compromiso. Me siento libre y más productiva lo contrario de lo que se podría pensar de las horas pasando el meridiano, más sé que no soy la única, habemos muchos así. La noche para muchos es una puesta en escena y no un cierre de telón.

Es como si la mañana le perteneciera al mundo, a los deberes, a los documentos, a las llamadas, al forzoso interactuar, pero por las noches, las noches uno es sólo de uno y también del que uno quiera serlo. Cesa la obligación, comienzan otras cosas desde adentro, se busca el placer, el gusto, la plática del tema predilecto, la buena compañía, no porque sea parte de una agenda, es parte de ya de la vida. Nos hundimos en el descanso, en el descanso desmedido y buscamos la comodidad, un lugar como y donde el cuerpo pueda descansar, soltar y reposar la vida, poner a relajar los nervios, dejar que las células hagan lo que deban sin interferir con espasmos o miedos.

Uno retoma energía de la noche, de la luna, de los astros que se asoman y utilizan el mar de espejo para llenar sus banalidades, nosotros lo hacemos en el día y en la ventana del otro. Será que el contraste de nuestro ser neutraliza el sonido, pero todos duermen. Si se pudieran ver los sueños serían noches nubladas, llenas de nubes como dibujamos los sueños de niños y ellas de incomprensión, irreverencia, surrealismo y una escondida verdad. En la noche despiertan los magos, las sombras dependientes de la luz y la luz del grado de oscuridad que busques.

La noche es un regalo, un regalo para el que sabe escuchar esa melodía, esa nada, ese latir del corazón y la ciudad, los que sabemos la promesa, los que tenemos fe en ella y pensamos que al día siguiente nos vamos como las aguas a levantar.

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