En la mesa con Daniel Salinas Basave

 

Tijuana.- Aunque ha escrito relativamente poco en comparación con años anteriores, este 2016 ha sido de gran actividad para Daniel Salinas Basave. Sus dos últimos libros han captado la atención del mundo literario y periodístico a nivel nacional, por lo que las entrevistas y presentaciones llegan una tras otra.

La próxima será el miércoles 7 de septiembre en la Sala Federico Campbell del Centro Cultural Tijuana (Cecut), donde presentará “Vientos de Santa Ana”.

Esta novela, inspirada en los hechos alrededor de la muerte del columnista Héctor “El Gato” Félix Miranda, obtuvo el segundo lugar en el Premio Mauricio Achar/Literatura Random House, y es parte de la media docena de reconocimientos que su autor -y colaborador editorial en Infobaja- ha acumulado en apenas un par de años.

«Ni en mi sueño más optimista me hubiera imaginado que en menos de dos años iba a tener éxito en seis premios», dijo Salinas Basave. «Me cambió la vida totalmente».

Tras la autoría de ensayos y un par de biografías, incluyendo “La liturgia del tigre blanco. Una leyenda llamada Jorge Hank Rhon”, que le dio reconocimiento a nivel nacional, “Vientos de Santa Ana” y su otro libro reciente, la colección de seis cuentos policiacos “Dispárenme como a Blancornelas”, tienen sabor a sala de redacción.

Son relatos que nacieron en gran parte cuando Salinas Basave todavía se desempañaba como reportero.

Ahora el comedor de su casa es su oficina. A la izquierda de la silla en la que acostumbra trabajar se encuentran algunas hileras de libros, incluyendo los de su autoría; del lado derecho hay una caja de archivo con una gran cantidad de textos engargolados, varios son obras que, como parte del jurado de un concurso literario, ha tenido que leer.

Fue ahí donde el escritor regiomontano radicado en Tijuana platico sobre su obra.

Siempre has sido prolífico, ¿pero tenías muchos trabajos en reserva?

Algunas cosas sí. Se dio como una alineación de astros muy fuerte. A partir del primero de diciembre de 2012, por primera vez supe lo que es tener tiempo disponible. Nunca en la vida he tenido una beca cultural. Yo creo que fue un poco como esas veces, como en los entrenamiento de ciertos deportes, que entrenas con un chaleco de pesas y de pronto te lo quitan y te sientes muy ligero, entonces por primera sentí que tenía un mar de tiempo y empecé a trabajar muchísimo. Y es una sensación muy diferente la de escribir en ratos libres o escribir en la noche o escribir muy temprano en la mañana a poderte dedicar de lleno a trabajar proyectos con plazos con todo el tiempo para dedicarlos.

 ¿Te fue difícil programarte?

Empezó a salir, empecé a trabajar mucho todo el 2013. Yo el único concurso que había estado era un estatal en 2010, el de (su libro) “Réquiem por Gutenberg”. Entonces lo que sí fue empezar a entrar a los nacionales. Y bueno, en 2014 entré al Malcolm Lowry y al de Cuento de La Paz y los dos los gané (con “Cartógrafos de Nostromo” el primero y “Dispárenme como a Blancornelas”, el otro). “Fue un ‘parteaguas’. Empecé a trabajar todavía más, seguí trabajando con otros cuentos, una cantidad descomunal de comienzos de cuentos o de cosas así.

Como las ideas de músicos al componer…

(Ríe) Sí, yo los veo como una tortuguita que salió del huevo y que trata de llegar al mar. Muchas no llegan al mar, muchas no maduran, se mueren en el camino, pero otras sí duran, sí llegan. Entonces, empezando el 2015 me puse a completar esos cuentos y me puse, me di a la tarea, que eso fue lo más difícil, de recuperar una novela que tenía mucho tiempo estancada. Digamos que tenía unas 50 páginas escritas. Lo que más me costó trabajo fue recuperar el tono, cuando la terminé no me gustó nada. Hasta Carolina (su esposa) me dijo, ‘No, no tienes ninguna posibilidad’.

¿Acostumbras que te lea Carolina antes de enviar algo?

Sí, sí me lee y es muy crítica. No te va a regalar nunca un elogio: si le gusta, le gusta y sí no le gusta te lo dice.

Es buen parámetro.

Sí, muy buen parámetro. Y entonces yo también dije, ‘Me estoy dando un tiro en el pie con esta novela’, porque es muy buen concurso y pues me estoy suicidando y digo, ‘bueno, pues ni modo’. Y mandé los cuentos al Gilberto Owen, y mandé la novela a Random House. En junio (2015) ganó el Gilberto Owen, un concurso nacional de cuento que tiene mucha historia, con “Días de whisky malo”, que está próximo a publicarse, en otoño. Y una semana después me dicen que gané segundo lugar con la novela, que es “Vientos de Santa Ana”, que eso sí, la verdad, no lo presupuesté ni en mi escenario más optimista. Es un segundo lugar que sabe a victoria, porque si bien el premio en lo económico, por ser segundo lugar, no era tan grande, el hecho de publicarla aquí (señala la editorial) es el verdadero premio.

Y luego hubo otros…

Se vino el verano 2015, me puse a trabajar muy fuerte en un ensayo-biografía sobre Federico Campbell, y lo mando al José Revueltas, de ensayo del INBA. Al mismo tiempo trabajo el libro del Bronco. Al mismo tiempo estoy trabajando otro ensayo que se llama “Bajo la luz de una estrella muerta”, para el Sor Juana. Y bueno, pues en octubre de 2015 me anuncian que gané el José Revueltas con “El Lobo en su hora. La frontera narrativa de Federico Campbell”, que también está próximo a publicarse por el Cecut, y en febrero de este año de  2016 me anuncian que gané el premio internacional Sor Juana – el primero internacional, porque ahí sí participan de España, de Argentina, de todo habla hispana- con “Bajo la luz de una estrella muerta”, que también se va a publicar a finales de este año.

En tus novelas y cuentos reaparecen los mismos nombres, aunque en diferente contexto, ¿qué tanto de ti hay, por ejemplo, en ‘Guillermo Demian’?

Guillermo Demian es el alter ego absoluto, porque para empezar así me iba a llamar: me llamo Guillermo Daniel, pero en vez de Daniel me iba a llamar Demian por el personaje de Hermann Hesse, que le gustaba mucho a mi mamá. Y nací apellidándome Lozano, después me cambiaron el apellido, por una cuestión de que me adoptó el esposo de mi mamá, pero yo no nací apellidándome Salinas. Entonces es un poco, toda la literatura es la historia de lo que pudo haber sido.

En estos relatos, en particular en “Vientos de Santa Ana”, te mueves entre la realidad y la ficción, pero hay personajes fácilmente reconocibles, ¿te ha reclamado alguien que se haya identificado ahí?

Fíjate que todavía no. No sé si haya quien se haya ofendido, sentido agraviado, no todavía nadie me reclama. Fíjate que en algún momento llegué a pensar si poner los nombres reales, si te fijas los únicos nombres reales son de personas muertas: Don Óscar Genel, la Madre Antonio, Agustín Pérez, etécetera. Y llegué a pensar, bueno, utilizar los nombres y luego pensé que no, porque tenía que trazar muy bien, uno que esto es una fábula, que es imaginación, esto es una novela y que aquí se vale contar mentiras y se vale fabular y se vale dar rienda suelta a la imaginación.

Si usara los nombres reales tal como son, pues ya estoy incurriendo en tratar de afirmar una verdad periodística y no, esta es una verdad literaria.

Y hay un cierto riesgo en eso.

Claro que lo hay, porque ya jurídicamente cambia mucho. Esto es una novela.

¿Seguirás trabajando relatos de reporteros?

Yo creo que específicamente en cuanto a ese tema, ya agoté. No creo que sea un tema que vaya a  volver a tocar. Yo siempre pensé que con “El tigre blanco” y “Vientos de Santa Ana” quedaba sin efecto, que ya no era necesario. Después me di cuenta que sí, porque con “El tigre blanco” no quedé satisfecho, a mi juicio excesivamente neutral y me faltó, vaya, me pasé de periodístico en afán de ser objetivo, le faltó visceralidad. Pero yo creo que ya con “Vientos de Santa Ana” y con “Dispárenme contra Blancornelas” le pago una deuda al periodismo, pero también le cobro una factura.

Y vaya que sí…

Eso es algo muy chistoso porque entro mucho en dilema: por una parte, todo se lo debo a los años de reportero, al periodismo, yo insisto, no creo que ninguna facultad de letras, ningún doctorado en escritura creativa, me hubiera podido enseñar lo que te enseña reportear década y media las calles de Tijuana. Es mejor escuela para contar historias que cualquier universidad. Noto una gran diferencia con gente que viene de escuelas de letras, que no tienen un sentido de la presión tan marcado como lo tenemos nosotros.

Pero al mismo tiempo sí me da rabia porque me pongo a pensar en donde estaba yo en 1996, cuando empecé en El Norte, y yo estaba donde estaban casi todos los escritores de mi generación, o sea, yendo a un taller, empezando a publicar en revistas, en periódicos, los primeros relatos, y resulta que de 1996 hasta 2010 yo no publiqué nada que no fuera en papel periódico, es decir, me comí 15 años de vida.

¿Qué es algo que extrañas de la sala de redacción?

La adrenalina, la capacidad de reacción rápida. Quiera o no, me he vuelto muy pachorro, y tengo que buscar el justo medio.

¿Y lo que menos extrañas de los periódicos?

Te vas a reír pero yo creo que la vestimenta. Siempre he tenido un enrome rechazo a la vestimenta formal y me cuesta mucho trabajo, entonces yo creo que si algo aprecio es no tenerme que vestir formalmente, o sea, nunca en mi vida he aprendido a hacer un nudo de corbata. Todavía no aprendo. Las que usé en Frontera ya estaban hechas y las guardaba hechas y el nudo estuvo puesto todos los años.

Libros de su autoría

Publicados

  • Mitos del Bicentenario (ICBC, 2010)
  • Réquiem por Gutenberg (Conaculta, 2012)
  • Cartografías absurdas de Daxdalia (Conaculta/Cecut, 2013)
  • La liturgia del tigre blanco. Una leyenda llamada Jorge Hank Rhon (Océano, 2012)
  • Bronco, La nueva independencia (Planeta, 2015)
  • Predrag (Artificios, 2016)
  • Vientos de San Ana (Literatura Random House, 2016)
  • Dispárenme como a Blancornelas (Nitro/Press, 2016)

  Próximos a publicarse

  • El lobo en su hora. La frontera narrativa de Federico Campbell (Cecut)
  • Días de whisky malo  (UANL)
  • Bajo la luz de una estrella muerta (FOEM)
  • Cartógrafos de Nostromo (pendiente)