En el “declinismo”

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Quizá todas las respuestas están afuera, en mi patio, en al aire, un poco más lejos donde el concreto no recubre, donde la luz no es necesaria. Dentro de toda esa naturaleza, de la cual los filósofos formulaban las teorías de la vida, en la que observaban, de la cual meditaban y aprendían, en la que vivían para aprender hacerlo. Tal vez buscamos siempre dentro y es cuestión de aprender a observar lo que es, lo que hay, lo que se presenta para ser interpretado, descifrado y cómo todo ello se relaciona con nuestro ser. Afuera está el ejemplo que no estamos siguiendo, en lo natural, en el balance y a veces en su furia incontrolable.

Hay algo en el ambiente, entre árboles, entre la vida sin palabras, entre el ruido de lo ajeno, natural y libre que abraza, que duerme, que te hace sentir incluido y no solo, parte de algo, parte de alguien; te hace sentir niño y que de todo se puede aprender, que todo es novedoso y experimentable. Respirar significados que llenan, sentir que andas y vagas, respirando, recordando el sonido del corazón, de los pasos, el dolor de las piernas que te hacen sentir su anatomía, la cabeza que se centra y concentra sabiéndose capitana en todo el juego de lo desconocido.

Es curioso cómo andar en lo vivo, en eso que nos vibra de vuelta, nos hace sentir tan diferentes comparado a la rutina de todo los días; es salirse del carril, decir hoy lo haré y cuesta tanto trabajo físico y ahora mental desconectarse de lo que nos han vendido como vida. En lo personal me cuesta mucho tomar una decisión, una sola, bueno, a mí me cuesta tanto tomar decisiones, pero no por la dificultad dejo de hacerlo. Todos los días me arriesgo un poco más, me engaño que solo será de a poquito, de a poquito afuera, afuera de mí. Me gusta sentirme equivocada, sobre todo en las falsas concepciones que hago de mí, incluso de la redundancia que se esconde en este escrito.

Me limito, al verme al espejo a veces, al no sentirme del todo presente cuando despierto y comienzo a buscar culpables, cuando el “yo” está cansado de ser ajusticiado. Pienso que una parte es el mundo que nos está enfermando, no la esfera que rota y nos hospeda, sino el colectivo humano que hace el mal uso de ella, la sociedad en caída libre, las mentes ocupadas, controladas, frías e indiferentes.  Unos cuantos cierran los ojos para sentir, recuerdan el lenguaje primero, cuando no necesitábamos filtros para ser vistos, para comunicarnos, para comenzar algo. Tanto se ha terminado en aquello que le llaman el principio.

 

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