En el borde de la cama

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Hay días que se me derrama un poquito el alma, como cuando eras niño y te pedían echar agua al sartén para poner a hervir y al dar unos pocos pasos sentías que dentro de la olla ya comenzaba una marea que ni el mejor equilibrista podría lograr un camino limpio entre el portagarrafón y la estufa, pues algo así.

Amanezco desbordándome como si el cuerpo no me fuera suficiente, el día no me combina, la sombra no me sigue el paso, la ropa no me viste ¿y qué hago?  Y la respuesta es que no lo sé y me cobijo con la tristeza, el cobertor más pesado, dejo que me embargue porque me es más sencillo y también necesario, allí descanso, en una temporada del espíritu donde debo invernar.

Y me vuelvo esa mujer que cambia, que morfa y también se mofa de sí misma. Es que hay días que el corazón late en el pie derecho y otras veces en las puntas de los dedos. Que se enamora de los momentos y de las memorias, porque es lo único que puede cargar con ella y lo único seguro en estos tiempos, y la que ahora debe de hablar en tercera persona, porque decir “yo soy” en ciertos enunciados o párrafos la dejaría muy desnuda, muy expuesta y eso siempre la incómoda.

“Respira, respira” se dice a sí misma, porque ha leído que es bueno y tranquiliza, porque su terapeuta se lo ha repetido, porque lo ha escuchado y porque también es parte del estar vivo y de los signos vitales, pero hay momentos que se le dificulta: cuando se emociona, cuando se aterroriza, cuando piensa mucho, cuando se pregunta tanto y cuando tiene tiempo para recordar.

Nadie está huyendo de nada y hoy menos que nunca y mañana más seguro que ahora, pero lo redundante no la conforta, sólo le recuerda del lugar donde ella vivía, en donde todos dan vueltas a las ideas, a las historias, a las calles, a las verdades, a las personas y las vueltas las marean.

Hay días que en verdad se derrama un poquito el alma y tocamos a todos, con la sensibilidad del vivo, del que está despierto, del que paladea el tiempo, del congruente, del directo, del que sabe algo del estar vivo y la tristeza te la cuenta como un romance que te hace entender el poema, y la felicidad se vuelve en el auditorio mismo.