En casa

Por Dianeth Pérez Arreola

Hace 17 años que me fui de México y en todos esos años solo me había tocado estar aquí una vez en mi cumpleaños y fue por razones familiares que no tenían nada de festivas. Ahora decidí pasar ese día aquí, con mi familia, desayunando, comiendo y cenando tacos de carne asada.

Cruzar el Atlántico se pone cada vez más difícil, empezando por los boletos de avión, que aparte del precio alto, ahora tienen la novedad de no incluir maleta documentada. Las aerolíneas inventan cada año un cobro nuevo y estoy segura que pronto habrá que pasar la tarjeta de crédito para poder abrir la puerta del baño.

En el aeropuerto de Ámsterdam “fui seleccionada” para un control extra de seguridad, como los que me tocaban siempre en San Diego cuando viajaba con el pasaporte mexicano. Entre los otros seleccionados no había ningún nombre holandés. Luego dicen que no hacen perfilamientos raciales.

Los controles de seguridad en vez de hacerse más rápidos y eficientes son todo lo contrario, además de las ocurrencias burocráticas extras. Por ejemplo encontré que este año al llegar a migración en el aeropuerto de Newark había que elegir entre la fila para personas con la visa ESTA utilizada por primera vez o la fila de quienes ya la habían usado antes.

Mi hija mayor y yo ya la teníamos desde el año pasado y a mi hija menor se le había vencido y la pedí hace unas semanas, así que la usaba por primera vez. Nos enviaron a esta fila a pesar de que éramos dos contra una, y por supuesto la fila era más larga y más lenta. Además, de veinte casetas de atención estaban abiertas solo cuatro.

Una hora después tomamos el tren hacia la terminal que nos tocaba y al llegar había una fila lo doble de larga que la de migración. A pesar de ser pasajeras en tránsito teníamos que volver a pasar por los filtros de seguridad, sacar teléfono, laptop, quitarse los zapatos y la chamarra. Solo nos quedó el tiempo suficiente para poder comer algo.

En el primer vuelo nos había tocado a pocas filas de distancia un niño pequeño y su madre. El crío lloró histérico por horas. Yo sé que nadie está más estresado que los propios padres con un niño que llora en el avión, pero hay muchos padres que se lanzan a la guerra sin fusil.

El kit de supervivencia incluye llevar una dotación de juguetes nuevos que hay que ir sacando conforme lo requieran las circunstancias. También algo de comer y tomar para dárselos durante el despegue y el aterrizaje para aliviar el dolor de la presión en los oídos, y cuando todo falla hay que levantarse y caminar con ellos por los pasillos.

El segundo vuelo, como es un trayecto nacional siempre es en un avión más pequeño e infinitamente más incómodo, con el único consuelo de que mis padres estarán esperándonos en el aeropuerto y yo veré a mis hijas correr a sus brazos y pensaré que lo peor ya ha pasado, que ha valido la pena y que he llegado a casa.