Empezaré por limpiar mis cajones

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Nadie tiene el deber de nada, me lo repito yo misma cuando me descubro demandando algo. Es como si yo quisiera imponer y obligar al otro de algo que me debe, un intercambio que nunca se dio y donde el otro va por la vida en ventaja y yo me encuentro reclamando al mundo que me ponga en balance conforme en línea.

Es ridículo lo infantil que podemos llegar a ser no en la buena extensión de esa palabra, sino en el punto preciso y exacto del berrinche, de esa explosión de emociones si no ocurre eso imaginado o deseado. Terribles podemos llegar a ser cuando queremos imponer nuestra realidad a la otra, sin conversar, dialogar o negociar; una conquista permanente como de esas que hemos aprendido de los libros de historia.

Y muchos ceden y por eso seguimos con las mismas formas, porque nos funciona y se crea el mal hábito, tal vez pase por suerte, por compasión del otro, por amor, sumisión pero ocurre y uno quiere más, y llenamos esas bolsitas de expectativas pequeñitas que no pesen, pero lo suficiente para que incomoden.

Somos tan humanos como nuestros tiempos y no hay duda alguna. Reflejamos el odio, la avaricia, el egoísmo que percibimos en el mundo y somos todos. Somos los pecados capitales, el porcentaje de inflación, la corrupción en los encabezados, la mentira del circo, las promesas de campaña, la oratoria que duerme, la sonrisa mezquina. Todos formamos parte de algo y de esto, somos distintas partes u órganos pero estamos en esto juntos y la única forma de jalar un poquito este coche que va al precipicio es por comenzar a cuidar nuestros pequeños actos, aquellos que calificamos como individuales aunque quizá no lo sean tanto.

Estar conscientes de lo que le hacemos al prójimo, a uno mismo, con qué vara medimos, qué damos, qué pedimos. Tenemos que ver esos pequeños detalles si queremos comenzar a transformar un poquito este monstruo y que esa individualidad microscópica contagie al vecino, al amigo, al familiar, al amante. Dicen que somos seres que por naturaleza se agrupan, entonces comenzamos a unirnos y atraernos con más de nuestros iguales. Comencemos de a poquito de ver esas actitudes propias que nos molestan, sean tan sencillas como acabarnos toda la cena sin preguntar quién hace falta; cosas chiquitas pero que se van abriendo camino a las grandes.

Por algún lugar se debe de comenzar y por alguien también, yo elijo por mí y elijo con eso que recalque en la frase inicial, no sé si estoy bien pero me queda claro que no estoy tan mal.