Emociones encontradas

Por Dianeth Pérez Arreola

Las niñas han empezado ya a hacer maletas, sólo tenemos un par de días antes de partir. He escrito más recetas mexicanas para mi marido, pues como decía mi abuela Francisca, “panza llena, corazón contento” y así quiero creer que mitigaré un poco el dolor de nuestra partida.

El domingo tuve la última videollamada familiar con mis padres y mis hermanos, como hacemos desde la pandemia, aunque antes de eso llamé a mis padres cada domingo de los últimos 18 años, casi sin falta. Primero por cámara web, luego por teléfono fijo y después por Whatsapp.

¿Qué dice Ed? Me pregunta uno de mis hermanos. Qué está feliz por mí, que sabe que las niñas recibirán buena educación y estarán felices con los abuelos, contesto. “Qué difícil, mira que no cualquiera estaría de acuerdo”, dice. Yo sólo pienso que por eso no me casé con cualquiera.

Mi mamá se debate entre la alegría de nuestra llegada y la tristeza de mi esposo. A veces creo que está a punto de llamarle y pedirle disculpas por haber tenido una hija así, tan poco convencional, tan terca y determinante. Se lo digo, se ríe y comenta que para él esos son mis atractivos y que por lo mismo entiende que quiera irme a donde pueda usar mis alas y que entiende perfecto mis motivos.

El día que nos conocimos hablamos hasta el amanecer, él tenía que regresar a Holanda, intercambiamos teléfonos y pensé que hasta ahí había llegado todo, pero empezó a llamarme todos los días por los siguientes tres meses, hasta que le llegó una cuenta de casi mil euros y decidió que era más barato ir a verme a Madrid, donde yo estudiaba. Nunca olvidaré su mirada cuando nos vimos de nuevo; era la más transparente que jamás hubiera visto.

Por supuesto las cosas no han sido fáciles, tuvimos muchos malentendidos idiomáticos y choques culturales antes de encontrar el balance. Me sigue desesperando que use el freno de mano en todos los semáforos, que use el cruise control en las abarrotadas autopistas holandesas y que sea tan despistado, pero me sigue mirando igual que hace 17 años y por eso paso por alto sus manías y hasta el incomprensible hábito de desayunar y comer pan con queso todos los días.

Me sigo despidiendo de mis amigos, personalmente, por videollamada y por mensaje. Gracias a esta pequeña red los expatriados no caemos en las garras de la nostalgia y la soledad; tenemos y ofrecemos un hombro para llorar, damos o recibimos ánimos, ayudamos y somos ayudados, celebramos juntos independencia, día de muertos, día del rey, cumpleaños y manifestaciones. Gracias amigos, seguimos a un click de distancia.

Hemos decidido hacer una fiesta de nuestro último día en Holanda, no queremos que sea un día triste y estamos preparados con champaña con alcohol y sin alcohol y cenaremos comida india, la favorita de los cuatro. Para entonces las maletas estarán listas y por unas horas olvidaremos el emotivo momento que representará la despedida en el aeropuerto. Hasta ahora hemos hablado de ese día sin que nos gane la tristeza, pero me temo que ese día no seremos tan valientes.