Ella

Por Ana Celia Pérez Jiménez

Yo tengo el mal de esta tierra y es quererla como a ninguna otra.

Yo tengo el mal de esta tierra que es aceptarla así sin condiciones.

No me importa mucho, poco siempre me ha importado,

los momentos que a mí me ha dado

sé que no los ha tenido con ningún otro,

no me importa que muchos la llamen “mía”

sé que el tiempo que conmigo estuvo,

sencillamente no la compartí con nadie.

Y si mi consuelo es absurdo y burdo,

ya que solo me entendería quien a su tierra verdaderamente ha amado.

Los intrusos ya no me inquietan sé que ella los hará

sentir familia y eso no le reprocho, ella es así de cálida,

sensible y hogareña.

No me importa que muchos en ella

vivan como en premio de consolación, solo espero que

esos bastardos no se lo digan porque eso es algo que

en verdad le partiría su corazón.

La veo tan dedicada, creciendo en su juventud,

sonriente al mundo que le llega, ella si sabe de gratitud;

temperamental como todas, con sus rachas de violencia

que en ella más bien llegan como olas,

pero ella apenas se está conociendo,

está en su momento de plenitud y a veces es mejor dejarla a solas.

Ella te rejuvenece, es esa amante que no recibe flores,

no pide nada a cambio de verdad, sin embargo, le

han escrito poemas, le han hecho himnos y tantas canciones

que ella sabe que ha sido querida y querida de verdad.

Añoro un lugar en su mesa, compartir su vino

perderme en sus ojos y su inconfundible aroma

a brisa de mar; para volverme después sereno

a contemplar el ocaso, son de esas raras certezas

que solo ella te deja paladear.

Te procura como ninguna otra, te hace sentir

un caballero por las calles si de su brazo te deja andar,

es misteriosa y frágil como todas las demás

con sus meses de mayo que tanto adora y

sus melancólicos eneros en los que sólo sabe llorar.

Yo tengo el mal de esta tierra y no me quiero curar.

Yo tengo el mal de esta tierra y por más que me alejé siempre a ella debo regresar.