El vuelo de la señorita Superman

Por Daniel Salinas Basave

Hace algunos días compartí en redes sociales la invitación a la presentación de Vientos de Santa Ana en el Cecut  y me dio muchísimo gusto recibir un comentario de la escritora  Regina Swain: “Te acompaño de todo corazón, Daniel. Algún día me tocará estar en persona”, me escribió el 30 de agosto a las 3:25. Y claro, en ese momento pensé en la absoluta factibilidad de ese “algún día”, pues la aleatoriedad sin duda sería generosa en oportunidades y en el futuro habría nuevos libros para compartir, sin imaginar que 48 horas después Regina se iría de este mundo.

La noticia irrumpió cuando hacíamos fila frente a la garita de San Ysidro y en ese momento simplemente no pude dimensionarlo. Nunca conocí a Regina personalmente, pero obviamente he leído su obra y desde hace algunos años manteníamos contacto más o menos frecuente por este medio. De una u otra forma había demasiadas coincidencias. Nacida en Monterrey y emigrada a Baja California como yo, entregada a la literatura, aunque ella de forma precoz y yo de forma tardía. Ganó el Premio Gilberto Owen 22 años antes que yo, cuando era una jovencita con prisa por comerse el mundo.

Vaya, antes de cumplir treinta Regina era ya un punto de referencia en la narrativa regional que había escrito un libro que con el paso de los años se ha ido convirtiendo en un clásico: La señorita Superman y otras danzas. Siguió después Nadie, ni siquiera la lluvia y Ensayos de juguete.

La narrativa de Regina posee un atípico sentido del humor capaz de abordar con levedad y frescura dilemas románticos u ontológicos. Ni pizca de plañideras densidades y venas cortadas en su narrativa y sin embargo Regina no es en absoluto una narradora frívola o light. La señorita Superman asume con mordaz autocrítica su rol dentro de la Generación X mientras le habla a su madre en una magra mañana sin agua caliente para bañarse y sin mermelada para el pan. “Y es que vivimos en una generación de sopas instantáneas y amores instantáneos, que no duran más de cuatro copas, madre, y andamos por la vida con máscara antigás, y nos brotan trincheras en el alma y bombas en el cuerpo; vivimos en una generación de ‘quítate o te quito’, ‘me estorbas, te mato’. ¿Dónde guardo los quehaceres innombrables mientras tú explicas a tus amigas que a tu niña le ha dado por jugar a Luisa Lane y ser moderna, cuando yo sólo me siento una Clark Kent fracasada? ¿Dónde guardo la presión en el trabajo, las muertes de migrantes, la mujer de la maquila? ¡Ya no caben con las barbies!”.

Regina se casó, emigró a los Estados Unidos  y con  pasión se entregó a su rol de madre de familia. Recientemente su cuento Dios Equis apareció en la antología Norte, compilada por Eduardo Antonio Parra en editorial Era. A la distancia se mantenía presente y en contacto con el mundo cultural bajacaliforniano. El 1 de septiembre la muerte irrumpió silenciosa mientras dormía y hoy la señorita Superman vuela en el infinito y la magia de la relectura.