Desde Holanda: El viaje

Por Dianeth Pérez Arreola*

Preparando el viaje a tierras bajacalifornianas, arreglé vía internet la visa que le piden a los europeos para entrar a Estados Unidos y vi con sorpresa que el formato cambió. Ahora piden nombre del padre y madre, nombre del empleador, su dirección y teléfono, y contacto de emergencia dentro o fuera de Estados Unidos.

Como si no fuera ya suficiente preguntar si tienes gonorrea, si tienes un alias, si estás involucrado en acciones terroristas o si sufres alguna enfermedad mental. Pronto será necesario llevar radiografías, fe de bautismo, frasquito de orina y hacer la prueba del polígrafo.

Desde que tengo pasaporte holandés ya no sufro revisiones “aleatorias” en el aeropuerto de San Diego, y aunque llenar la forma de la visa es un suplicio, nunca se comparará con ir a “pedir permiso” a la aduana, a hacer fila por horas con toda clase de papeles y comprobantes para que el agente esté de malas y lo niegue, no de acuerdo a un protocolo, sino porque le dio la gana.

En Minneapolis la fila para la aduana es larguísima. Tienen un oficial para extranjeros, dos para nacionales y uno más para la Sentri y la tripulación. Mientras hago fila me imagino a los oficiales en su tiempo libre, riéndose de las fotos que le toman a la gente que tiene nueve horas sentada en un avión.

Cuando es nuestro turno descubro que a mi esposo solo le toman la foto y una huella, mientras que a mí me toman la foto y todas las huellas. Le pregunto que por qué, y me dice que está en el sistema a quién le toman qué. Ajá.

Ya en Baja California me sorprende que en Tijuana el ayuntamiento tenga la avenida Paseo de los Héroes, en plena Zona Río, en completa obscuridad y con las banquetas en estado lamentable.

Luego en Mexicali, que el Alcalde haya autorizado puntos de venta a la Cohetera Cachanilla y que haya advertido muy quitado de la pena que quienes enciendan cohetes deberán pagar una multa de 20 mil pesos.

En fin, los días pasaron volando y cuando menos pensé ya estábamos otra vez en el aeropuerto. No hay mucha diferencia en el frío aquí y allá, pero sí en la cantidad de luz. Amanece a las ocho de la mañana y el sol se mete a las cuatro y media de la tarde.

En invierno casi siempre está nublado y mucha gente se deprime por la falta de sol, para lo cual ya inventaron unas lámparas de terapia de luz, faltaba más.

Es duro regresar de un lugar soleado a uno gris. De disfrutar de la cocina mexicana navideña a sufrir la sencilla cocina holandesa. De estar rodeada de la familia, a estar sola. Por fortuna tengo aquí también amigos mexicanos y nos rescatamos mutuamente de la nostalgia.

Ahora toca sobrevivir la cuesta emocional de enero, a pretender que tengo intención de cumplir los propósitos de año nuevo y a volver a acostumbrarse a la bici. 

*La autora es comunicóloga, ex reportera en Tijuana y Mexicali, vive en Holanda.