El viaje hacia el interior y la belleza de lo simple

Por Adriana Zapién y Valente García de Quevedo

Después de una atareada semana, el sábado decidí darme ese tiempo que amo cuando busco mi espacio de lectura en compañía de un rico café.

Es esta ocasión decidí ir a uno de mis lugares favoritos, y en compañía de un capuchino del “Café Quimérico”, retomé el libro de Fritz Thompson llamado “Sucedió en un instante”, con el que viajo hacia mi interior; porque me recuerda que hay que disfrutar cada momento y cada cosa que tocamos, vemos, escuchamos, saboreamos y olemos.

Ya había estado tomando mis notas de esa lectura en días anteriores y había un párrafo que no se separaba de mi mente. Era aquel cuando Fritz, que había quedado parapléjico después de un accidente, narraba con emoción, cómo después de semanas de solo ver el techo de su habitación, salió por primera vez al jardín del hospital en su silla de ruedas; reconoció el paisaje y con un tono reflexivo relató: “Así de simple y común, un árbol cualquiera y unos cuantos metros cuadrados de pasto. Pero no sabes qué alegría me dio verlos… No es que no sean hermosos, el problema está en que hemos perdido la capacidad de mirar y sorprendernos. A veces nuestros ritmos de vida nos impiden tener un minuto para redescubrir la belleza de lo simple”.

Así de simple, estaba recordando esa frase y dando un sorbo a mi espumoso café cuando sonó el teléfono y al otro lado de auricular una de mis personas favoritas decía -Estaba en la carretera rumbo a San Francisco, pasé por un lugar lleno de campos de alcachofas. Y me paré a saborear unos bits de alcachofas capeadas que están de poca m… Me acordé de ti cuando dices qué hay que ser viajero y no turista. Eso es ser viajero. Pararte en la carretera y ver como esto, sólo lo puedes probar aquí, y así. Admirarte de un sabor y de la belleza de los campos. Eso es ser viajero.

En ese momento se me vino a la mente ese día que juntos habíamos tomado la carretera desde Tarragona a Barcelona y decidimos pueblear. Optamos por pasar a comprar víveres para hacer tapas y comerlas en alguna parada en el camino, admirando el mediterráneo. Después de darnos cuenta que los supermercados estaban cerrados por ser domingo, logramos entrar a uno que cerraba cinco minutos después de que entramos. Echamos a la canasta a toda velocidad pan, quesos, carnes frías, fruta, papas fritas y otros insumos con alto contenido de calorías vacías (comida chatarra) como si no volviéramos a ver otra tienda abierta en días.

Para no hacerles el cuento más largo: ni mediterráneo, ni paisaje. El hambre nos agarró en medio de un caserío donde encontramos un parque que solo tenía tierra y un par de bancas, donde el paisaje eran unos árboles que ni sombra hacían. Como narraba Fritz: “Así de simple y común, un árbol cualquiera”, pero con la diferencia que solo eran unos cuantos metros cuadrados de tierra.

Podríamos decir que eran muy feos, pero en realidad es que eran lindos por el solo hecho de ser parte del escenario de ese divertido viaje, donde al estar hambrientos nos sentamos en una banca en medio de tierra y ahí nos hicimos nuestras deliciosas tapas gourmet. Charlando de todo y de nada;  arreglando el mundo a 10,000 kilómetros de casa y en una parada redescubriendo la belleza de lo simple. Mil gracias mí querido alquimista por ser un gran compañero de viaje.